Afecto Fraternal & Amor

Todos tenemos metas que deseamos alcanzar, los estudiantes empiezan su nuevo año escolar con la meta tener las mejores calificaciones, aquellos que emprenden un negocio tiene como meta el éxito empresarial, los matrimonios tenemos como meta el ir avanzando para lograr un hogar no exitoso, pero si funcional. En nuestra vida las metas son claves, y mayormente lo es en nuestra vida espiritual: Conocer mejor a Dios por medio de su Palabra, cultivar una vida de oración diaria, perseverar en medio de las dificultades, compartir el evangelio, etc. El apóstol Pablo, después de años de caminar con el Señor, reconocía que todavía no había llegado a la meta. No se conformaba con lo que había aprendido ni descansaba en sus logros pasados. Su mirada seguía puesta en Cristo. Leer Filipenses 3.14.
Esa misma disposición debe acompañarnos al estudiar las palabras de Pedro. Todavía necesitamos crecer, y ese crecimiento debe hacerse visible. Por eso es importante preguntarnos: ¿Estamos creciendo en el conocimiento de su Palabra y permitiendo que moldee nuestro corazón? ¿Que tanto ha sido nuestro avance desde nuestra conversión a hoy? ?Estamos cultivando estas siete virtudes? Estas preguntas no buscan llevarnos al desaliento, sino ayudarnos a reconocer dónde estamos y en donde necesitamos seguir creciendo, sostenidos por la gracia de Cristo.
Recordemos que Pedro nos presenta siete virtudes que no son independientes la una de la otra. Siete frutos que no podemos elegir cual es el que mejor nos convence. Y decir: “Yo creo pastor que yo soy un hombre de fe, eso funciona para mí, pero eso de tener paciencia esta como difícil”. No; cada una de estas virtudes hacen parte de un eslabón donde si nos falta tan solo una, la cadena no puede completarse. Hoy vamos a analizar las últimas dos virtudes:
Afecto Fraternal:
La expresión «afecto fraternal» se refiere al cariño entre hermanos; describe el afecto que debemos cultivar hacia quienes pertenecen a la misma familia de la fe. Es un cariño que se expresa al procurar el bien del otro, acompañarlo, apoyarlo y servirle. Pedro conocía de cerca los desafíos de esa convivencia. Durante el ministerio de Jesús compartió con los demás discípulos, hombres de distintos trasfondos y temperamentos. Los Evangelios no describen detalladamente la personalidad de cada uno, pero sí nos muestran sus luchas: discutían sobre quién era el mayor, les costaba comprender las enseñanzas del Señor y, en ocasiones, reaccionaban con impulsividad y orgullo.
El problema no estaba solamente en sus diferencias, sino en el pecado que había en sus corazones. Necesitaban más que aprender a llevarse bien: necesitaban que Cristo transformara su manera de tratarse. Jesús los corrigió con paciencia y les enseñó, con sus palabras y su ejemplo, a servirse y amarse. Nosotros necesitamos esa misma obra de su gracia. En la iglesia también convivimos con personas que piensan, sienten y reaccionan de manera distinta.
Allí se pone a prueba el afecto fraternal: cuando el hermano requiere paciencia, cuando sus actitudes nos incomodan o cuando servirle exige renunciar a nuestra comodidad. Y hablando de metas, esta debe ser una que compartamos todos: Crecer como una iglesia donde el afecto fraternal se haga visible en la manera de tratarnos. Que el amor de Cristo encuentre expresión en nuestras palabras, en nuestra disposición a escuchar, en la paciencia para sobrellevar las debilidades y en la humildad para pedir perdón. La noche antes de ir a la cruz, Jesús oró al Padre por sus discípulos y también por quienes creerían mediante la palabra de ellos. Nosotros estamos incluidos en esa oración. Leer Juan 17:20–21.
La pregunta, entonces, es personal: ¿Si estamos o no fomentando la unidad en mi iglesia? Pastor, ¿Cómo puedo ser un facilitador de ese afecto fraternal dentro de Pan de vida?
1. Teniendo la misma actitud de Cristo
“Tengan la misma actitud que tuvo Cristo Jesús.” Filipenses 2:5. Pablo nos lleva al punto de partida: aprender a tratar a mis hermanos con la humildad de Cristo. La expresión que se traduce como «tengan la misma actitud» se refiere a una manera de pensar que orienta nuestra conducta. En el contexto, Pablo nos llama a abandonar la rivalidad y la vanagloria, y a considerar también los intereses de los demás, por encima de los nuestros. Luego nos dirige a imitar el ejemplo de Cristo, quien se humilló, tomó forma de siervo y fue obediente hasta la muerte de cruz.
Pensemos cómo se vería esto en Pan de Vida: Cuando tenemos opiniones distintas. Antes de insistir en que se haga lo que yo propongo, puedo escuchar y preguntar: «¿Qué ayudaria más a la congregación?». Cuando llega alguien nuevo, ¿Demuestro alegría e interés por su presencia? Cuando hay una tarea que pocos quieren hacer: Recoger las sillas, limpiar una mesa o ayudar al terminar una actividad, ¿Puedo ayudar con disposición?
Evitar que un desacuerdo personal se convierta en bandos dentro de la iglesia. Saludar con sinceridad a la persona con quien tuve una diferencia. Acercarme al que siempre se sienta solo. Preguntar por el hermano que ha faltado antes de criticar su ausencia. Acompañar al que está sufriendo. Allí el afecto fraternal comienza a tomar forma. Y antes de preguntarme qué deben cambiar los demás, necesito preguntarme: ¿Qué necesita cambiar en mi actitud para que mi hermano reciba, a través de mí, algo del cuidado que Cristo ha tenido conmigo?
2. Siguiendo el modelo de Cristo
Jesús dijo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.” Mateo 11:29. Es significativo que Cristo destaque su mansedumbre y su humildad. Porque son dos virtudes necesarias cuando se trata de relacionarnos entre nosotros. La mansedumbre nos permite responder sin herir, y la humildad nos dispone a escuchar, aceptar nuestras faltas y recibir corrección. Muchas dificultades dentro de una iglesia crecen porque nos cuesta ceder, reconocer un error o recibir una corrección.
Y observemos que Jesús dice: «humilde de corazón». Su trato amable expresa lo que verdaderamente hay en él. Esto también nos tiene que llevar a examinarnos: podemos mantener buenos modales mientras por dentro despreciamos al hermano. El afecto fraternal requiere que el Señor transforme nuestro interior, para que veamos a la persona como alguien a quien debemos amar y cuidar. La mansedumbre y la humildad ayudan a cultivar una comunión donde podemos hablar con verdad, recibir corrección y acompañarnos en el arrepentimiento. Así contribuimos al afecto fraternal: dejando que la gracia de Cristo ablande nuestro orgullo y nos enseñe a recibir al hermano.
Amor
El amor aparece al final de esta lista, pero debe estar presente en todo lo que hemos estudiado. Pensemos por un momento: ¿De qué sirve crecer en conocimiento si tratamos con dureza al hermano? ¿Cómo podemos cultivar la piedad y permanecer indiferentes ante el sufrimiento de los demás? Leer 1 Corintios 13.1-4.
Pablo nos lleva a examinar algo muy serio: Podemos hablar muy bien de Dios, conocer mucho de la Biblia e incluso hacer grandes sacrificios. Pero, si nos falta amor, nada de eso tiene el valor espiritual que imaginamos. Hermanos este asunto es de suprema importancia ante los ojos de Dios. Porque hay muchas personas que dicen de tener una relación con Dios, conocer a Dios, amar a Dios, obedecer a Dios. Pero esas mismas personas difícilmente pueden relacionarse con otros, difícilmente pueden perdonar a otros, difícilmente aceptan a otros, difícilmente soportan a otros. Escuchen lo importante que es el amor, porque la presencia o la ausencia del amor determinara nuestra eternidad. Leer 1 Juan 3.14-15.
Esto no significa que un creyente nunca tenga conflictos o que perdonar siempre le resulte fácil. Hay heridas profundas y luchas que requieren tiempo, oración y ayuda. Pero es distinto luchar contra el resentimiento que alimentarlo y negarnos a reconocerlo como pecado. Juan nos dice que la ausencia persistente de amor pone en duda nuestra afirmación de conocer a Dios. La pregunta es: ¿Hay alguien a quien he dejado de tratar como hermano? ¿Hay un rencor que llevo tiempo justificando? Hermanos, al concluir estas siete virtudes, recordemos que Pedro nos llama a crecer sobre el fundamento de lo que Dios ya nos ha concedido en Cristo: su poder nos ha dado todo lo necesario para la vida y la piedad.
Por eso, pongamos diligencia en cultivar la virtud, el conocimiento, el dominio propio, la paciencia, la piedad, el afecto fraternal y el amor. Al terminar este estudio, preguntémonos: ¿Qué necesita cambiar en mí para seguir avanzando? Tal vez sea una actitud que debo rendir, un perdón que necesito pedir o un hermano al que debo acercarme. Pongámoslo delante del Señor y demos ese paso de obediencia. Que nuestra meta como iglesia sea conocer más a Cristo y reflejarlo mejor en la manera de vivir y de amarnos.


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