Clinica Del Alma III

Hay una fábula que nos ayuda a introducir el tema de hoy. El título es: NO SUELTES EL CABALLO. Un caballo estaba amarrado y vino un demonio y lo soltó, el caballo se metió a la finca de unos campesinos y comenzó a comerse la siembra, el dueño de la finca tomó su rifle y mató al caballo; Entonces el dueño del caballo, tomó su rifle y mató al dueño da la finca, la mujer del dueño de la finca, mató al dueño del caballo; entonces el hijo del dueño del caballo mató a la mujer; los vecinos furiosos mataron al muchacho y quemaron su casa. Entonces le preguntaron al demonio: ¿por qué hiciste a todos eso? El demonio respondió, yo sólo solté el caballo. El mensaje es claro: Muchas veces el diablo no tiene que esforzarse mucho para causar dolor, división y destrucción, el hombre mismo se ha encargado de producir esa división, esos conflictos y tristemente la muerte.
Cuando Santiago dice: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros” (v.16) nos está recordando que por causa del pecado con el que aun todos estamos luchando, mientras más cerca estamos de nuestros hermanos de la fe, más oportunidades habrá para que sus pecados se crucen con mis pecados y se produzca una explosión. Y esto es así porque todos los que estamos aquí, estamos luchando con nuestros temperamentos, trabajamos día a día para que nuestras actitudes sean las correctas, para que nuestras acciones se parezcan más a las de Cristo. Pero a pesar de esa buena intención de cambio, cuando los pecados de uno se topan con los pecados de otros, es muy probable que se encienda la llama de la contienda. Tal vez alguien me diga: “Ve pastor por eso es mejor de lejitos”, pastor yo mejor lo veo desde YouTube. O como dice mi suegra pastor: “juntos, pero no revueltos”. Puede ser que tengas algo de razón al pensar así, pero esa misma manera de pensar, esa misma línea que quieres trazar, va a evitar que se generen en ti virtudes y actitudes que todos tenemos que desarrollar.
De ahí es que viene, el principio que Salomón nos enseña: “Para afilar el hierro, la lima; para ser mejor persona, el amigo.”. Proverbios 27.17. Salomón nos dice que, en ese intercambio de opiniones, en esa interacción continua entre los hermanos, es como si se afilara un cuchillo para que este en buenas condiciones para usarlo. De la misma manera, cuando estamos cerca de las personas se pule nuestro corazón, nuestro temperamento, nuestra personalidad, pulimos nuestras palabras, nuestras motivaciones, pulimos nuestras actitudes. Pero, además, cuando hay un choque de temperamentos, eso nos ayuda a evaluar si nosotros respondemos empoderados por los frutos del Espíritu o lo que se está empoderando en nosotros es el orgullo, el enojo, el resentimiento.
Hermanos, pocas cosas afectan tanto la vida y la comunión de la iglesia como las heridas que no se atienden a tiempo. Muchas veces, las barreras dentro del cuerpo de Cristo no se levantan de un día para otro; se van formando poco a poco por ofensas que nunca fueron perdonadas, desacuerdos que nunca fueron reconciliados, palabras que dejaron marcas, y heridas que, en lugar de ser tratadas con humildad y gracia, fueron escondidas bajo la apariencia de que “todo está bien”. Por eso Santiago nos llama a un camino profundamente espiritual y necesario: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados”. La sanidad de la iglesia no comienza fingiendo que no hubo dolor, sino trayendo a la luz lo que ha enfermado la comunión.
Una iglesia sana no es una iglesia donde nadie falla; es una iglesia donde las fallas se tratan bíblicamente, donde las ofensas se confiesan con humildad, donde el perdón se ofrece con sinceridad, donde la oración acompaña el proceso y donde la restauración es más Fuerte que el orgullo. ¿Cuál debe de ser nuestra responsabilidad?
1. La sanidad comienza cuando dejamos de ocultar las heridas.
Santiago dice: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros”. La confesión rompe el poder del silencio, de las apariencias y del orgullo. Mientras una herida se esconda, muchas veces se infecta; pero cuando se trae a la luz con humildad, comienza el proceso de restauración.
Esta exhortación nos muestra que hay heridas, conflictos, ofensas y pecados que necesitan ser traídos a la luz delante de Dios y, en el contexto correcto, delante de otros hermanos maduros en la fe. Por eso la confesión es tan importante. No podemos ser un cuerpo sano si vivimos desconectados por dentro, escondiendo heridas, acumulando resentimientos o fingiendo comunión mientras el corazón está lejos.
Somos miembros los unos de los otros, y lo que afecta a uno termina afectando al cuerpo. Por eso, confesar con humildad no es una señal de debilidad, sino de madurez espiritual. Débil no es el que reconoce su herida; débil es el que la niega mientras se destruye por dentro. El cristiano maduro no es el que nunca falla; maduro es el que sabe venir a la luz, pedir perdón, buscar ayuda, orar y permitir que Dios restaure lo que está roto.
Así que la confesión no abre la puerta a la vergüenza; abre la puerta a la gracia. Lo que el orgullo mantiene escondido, la gracia de Dios lo puede sanar cuando lo traemos a la luz.
La sanidad requiere humildad de ambos lados.
Santiago 5:16 nos llama a un camino que no puede recorrerse con orgullo: “Confesaos vuestras ofensas”. Este versículo no solo habla de palabras; habla de una actitud del corazón. Porque para confesar, necesitamos humildad. Para pedir perdón, necesitamos humildad. Para recibir al que se arrepiente, también necesitamos humildad. Y para orar juntos después de una ofensa, ambos lados necesitan rendirse delante del Señor. Muchas heridas dentro del cuerpo de Cristo no permanecen abiertas únicamente por la gravedad de lo que ocurrió, sino porque después de la ofensa el orgullo se interpuso en el camino de la restauración.
El que ofendió no quiere reconocer su falta. El que fue herido no quiere abrir su corazón. Uno se defiende, el otro se cierra. Uno se justifica, el otro se endurece. Y así, lo que pudo haber sido tratado con gracia termina convirtiéndose en una distancia profunda dentro de la iglesia. Por eso, la sanidad requiere humildad de ambos lados.
Jesús fue muy claro al enseñar que la adoración no debe separarse de la reconciliación. En Mateo 5:23-24 dijo: “Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano”. Esto nos muestra cuán importante es para Dios que no ignoremos las relaciones rotas. Así que, antes de presentar una apariencia espiritual cuando venimos a la igleisa, Dios nos llama a atender aquello que ha dañado la comunión.
Tenemos que ser los facilitadores en la restauración de un hermano caído:
Santiago ahora pasa, de mostrarnos la manera en que podemos buscar la sanidad de nuestro cuerpo, a la necesidad de la restauración del Cuerpo de Cristo que es la iglesia. Y nos dice que si un hermano cae nuestra responsabilidad es la restauración, no la condenación. No podemos ignorar que la iglesia está conformada por cristianos maduros e inmaduros, fuertes y débiles, unos con una firme mentalidad de compromiso y otros con mentalidad de consumismo. Que en ocasiones los maduros se comportan como si no lo fueran, y los inmaduros como una capacidad impresionante de madurez.
También en ocasiones los fuertes se comportan como si hubieran perdido sus fuerzas; y los débiles con una capacidad de respuesta impresionante. En algunos casos los comprometidos muestran desinterés, y los desinteresados actúan con una fidelidad envidiable.
Todo esto es posible que suceda, y es una realidad que no podemos ocultar. Y esto es así, porque todos nos encontramos en diferentes etapas de crecimiento necesario, pero no todos al mismo nivel. Así que no podemos ignorar a los más débiles, aquellos hermanos que flaquean, aquellos hermanos que tienden a desanimarse.
Pastor, ¿Qué debemos de hacer? Escucha lo que nos dice Pablo: “Hermanos, si descubren que alguno ha pecado, ustedes, que son espirituales, deben ayudarlo a volver al buen camino con actitud humilde. Pero cada uno debe cuidarse, porque también puede ser puesto a prueba”. Gálatas 6.1. Y Pablo nos dice que al confrontar el pecado de mi hermano debo de hacerlo con mucho tacto, prudencia y teniendo cuidado de como trato a mi hermano, porque yo también puedo ser puesto a prueba, yo mismo puedo fracasar en esa prueba y pecar.
Por lo tanto, al ayudar a mi hermano a encontrar el camino de regreso a Dios, lo debo de hacer con una actitud humilde recordando que yo mismo he sido restaurado no una, ni dos, ni tres, sino muchas veces. Es más, tengo que tener cuidado porque saliendo de aquí puedo fallarle a Dios, y Dios tendrá misericordia una vez más de mí.
Mis hermanos, este lugar es un hospital donde muchos vienen buscando ayuda de Dios, el socorro de Dios, la restauración de Dios, y a ti y a mí se nos ha encargado el ministerio de la reconciliación. Pablo nos dice: “Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos”. Romanos 15.1


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