Creciendo En Cristo

Pedro escribe esta segunda carta para advertir a los creyentes acerca de los falsos maestros que estaban introduciendo enseñanzas destructivas, y para animarlos a permanecer firmes en la verdad, conscientes del peligro de apartarse del camino de Dios. Pero el peligro no se limitaba únicamente a las falsas enseñanzas. Estos maestros también estaban influyendo sobre otros y arrastrándolos hacia una vida profundamente pecaminosa. “Tienen los ojos llenos de adulterio, no se sacian de pecar, seducen a las almas inconstantes, tienen el corazón habituado a la codicia, y son hijos de maldición”. 2 Pedro 2:14. Quizás algunos piensen: “Pastor, ¡que Dios me libre! Yo jamás seguiría ni escucharía a personas así”. Sin embargo, no debemos subestimar su capacidad de influencia. Pedro nos hace una advertencia que debería a todos mantenernos espiritualmente alerta: “Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado”. 2 Pedro 2:2.
El mensaje es claro: Algunos se desvían por la influencia del mundo; otros, por falsas enseñanzas que surgen dentro de la iglesia. Sin embargo, el peligro no siempre viene de afuera ni de otras personas. Nosotros también debemos mantenernos alerta, porque podemos descuidar nuestra relación con Dios, dejar de crecer espiritualmente y comenzar a alejarnos de la verdad. Y si alguien comprendía lo importante que es comenzar bien y terminar bien la carrera, ese es el apóstol Pedro.
Pedro también tropezo, conoció la presión, el temor, y la debilidad de su propio corazón. Durante la última cena, Pedro hizo una declaración confiando más en la firmeza de su carácter que en la gracia que necesitaba de Dios, le dijo a Jesús: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré”. Mateo 26:33 Pedro estaba convencido de que los demás podían caer, pero él no. Los demás podían abandonar al Maestro, pero él permanecería firme. Sin embargo, Jesús conocía a Pedro mejor de lo que Pedro se conocía a sí mismo. Por eso le respondió: “De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces”. Mateo 26:34
Poco después, los soldados arrestaron a Jesús y lo llevaron a la casa del sumo sacerdote. Todo ocurrió rápidamente. El Maestro estaba siendo interrogado, los discípulos habían huido y Pedro observaba desde cierta distancia, confundido y atemorizado. Fue allí donde la seguridad de Pedro comenzó a derrumbarse. Una criada lo reconoció y le dijo: “Tú también estabas con Jesús el galileo”. Pero Pedro lo negó delante de todos: “No sé lo que dices” Mateo 26:70 Más tarde, otra criada volvió a identificarlo: “Este también estaba con Jesús el nazareno”. Esta vez Pedro no solo lo negó, sino que lo hizo con juramento: “No conozco al hombre” Mateo 26:72
Finalmente, los que estaban allí se acercaron y le dijeron: “Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aún tu manera de hablar te descubre”. Pedro ya no podía esconder la verdad. Entonces, dominado por el temor, comenzó a maldecir y a jurar: “No conozco al hombre” Mateo 26:74. El discípulo que había afirmado estar dispuesto a morir con Cristo ahora, unas pocas horas después negaba conocerlo.
El hombre que se consideraba más firme que los demás estaba cayendo exactamente como Jesús lo había advertido. Lucas añade un detalle profundamente conmovedor: “Y en seguida, mientras él todavía hablaba, el gallo cantó. Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente” Lucas 22:60–62.
Imaginemos ese momento: Pedro niega a Cristo, el gallo canta, y Jesús mira a Pedro. No fue necesario pronunciar una sola palabra. Aquella mirada hizo que Pedro recordara la advertencia que había ignorado y contemplara la gravedad de lo que acababa de hacer. Pedro salió y lloró amargamente. Ya no estaba presumiendo de su fortaleza; estaba quebrantado por la realidad de su pecado. En pocas horas había pasado de decir: “Aunque todos te abandonen, yo nunca lo haré”, a declarar tres veces: “No conozco a ese hombre”.
Humanamente hablando, parecía que Pedro había perdido todo derecho a continuar como apóstol. Había fallado precisamente cuando su lealtad al Señor fue puesta a prueba. Y probablemente, en muchas congregaciones, una persona que hubiera fracasado de una manera tan pública y vergonzosa habría sido inmediatamente descartada para siempre. Pero la historia de Pedro no termina junto al fuego del patio del sumo sacerdote. Su pecado fue grave y sus lágrimas fueron reales, pero la gracia de Cristo sería todavía mayor. Pedro había negado al Señor, pero el Señor no había renunciado a Pedro.
Y aquí es importante recordar, que a veces, Dios evita que caigamos; otras veces, permite que tropecemos. Pero en ambos casos está obrando para nuestro bien y para su gloria. La lección que nos revela la historia de Pedro es que aun en nuestros peores fracasos, la gracia restauradora de Cristo es mucho mayor. Jesús ya le había dicho: “Yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos”. Lucas 22:32.
Pero además, la historia de Pedro nos demuestra que no basta con comenzar la carrera cristiana llenos de entusiasmo o confiando en nuestras buenas intenciones. Si un discípulo que caminó junto a Jesús pudo tropezar de una manera tan dolorosa, nosotros también debemos reconocer nuestra fragilidad y permanecer alertas. Entonces, la pregunta clave es: ¿Qué hacemos para permanecer en camino?
1. Nunca olvides que tú le perteneces a Jesús.
“Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo”. 2 Pedro 1.1 Observa el orden: antes de presentarse como apóstol, Pedro se identifica como siervo. Antes de hablar de su autoridad, reconoce a quién pertenece. No comienza destacando su posición, sus experiencias ni todo lo que había hecho por el Señor. Comienza reconociendo que Jesucristo es su dueño y que su vida está bajo la autoridad de Cristo.
Pedro había aprendido esta verdad de una manera dolorosa. Cuando confió en su propia fuerza, cayó; pero cuando comprendió que su vida le pertenecía a Cristo, aprendió a depender de su gracia. Ya no era el Pedro que decía: “Aunque todos te abandonen, yo nunca lo haré”. Ahora era el Pedro que podía decir: “Soy siervo de Jesucristo”. Permanecer en el camino comienza recordando esta verdad: yo no me pertenezco; le pertenezco a Jesucristo.
Él me compró con su sangre, me llamó por su gracia y tiene autoridad sobre cada área de mi vida. En otras palabras, cuando comprendemos profundamente a quién pertenecemos, apartarnos del camino dejará de parecernos una alternativa aceptable. Podremos tropezar, pero no podremos sentirnos satisfechos lejos de Cristo; podremos caer, pero su gracia nos conducirá al arrepentimiento y nos hará volver al camino.
La palabra que Pedro utiliza para “siervo” es doulos, que literalmente comunica la idea de un esclavo: alguien que pertenece a otro y vive bajo su autoridad. Con esta expresión, Pedro no está resaltando una condición de abuso, sino declarando con humildad y gratitud a quién pertenecía. Es como si dijera: “Mi vida ya no es mía; yo le pertenezco a Jesucristo. Él me compró en la cruz, Él entregó su vida por mí; por eso, ahora yo vivo para Él”.
Pedro también se presenta como “apóstol de Jesucristo”. La palabra apóstol significa “uno que es enviado”. En este caso, se refiere al oficio y la misión única que Pedro recibió directamente de Cristo. Esta verdad también fortalece nuestro sentido de pertenencia: Dios no solo nos salvó, sino que nos llamó con un propósito. Leer 1 Pedro 2:9.
2. Recuerda que la gracia y la paz de Dios están sobre tu vida:
“Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús” (v.2). Para permanecer en el camino no dependemos solamente de nuestra determinación; dependemos de la gracia que Dios nos da en Cristo. La gracia es el favor inmerecido de Dios hacia quienes merecíamos su juicio. Por gracia fuimos salvados, pero también por la gracia nos enseña a renunciar al pecado y a vivir para Dios. Leer Tito 2:11–12.
Pedro también menciona la paz. Y no se refiere principalmente a una vida sin problemas, sino a la paz que tenemos con Dios por medio de la obra de Cristo. Leer Romanos 5.1. Puede haber tormentas a nuestro alrededor y, sin embargo, paz en nuestro corazón, porque ya no somos enemigos de Dios. Además, Pedro desea que esta gracia y esta paz sean multiplicadas. Osea, que mientras más conocemos a Cristo, más comprendemos su gracia; y mientras más comprendemos su gracia, más descansamos en su paz. Por eso, permanecer en el camino consiste en mirar continuamente a Cristo, crecer en su conocimiento y depender cada día de su gracia.
Quizás hoy estás cansado o sientes que te has quedado atrás. Pero no te detengas. Arrepiéntete de lo que debes abandonar, suelta el peso que te está estorbando y vuelve a mirar a Cristo. La Escritura nos exhorta a correr “con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe”. Hebreos 12:1–2.
Nuestra esperanza para terminar bien no descansa finalmente en la fuerza con la que nosotros sostenemos a Cristo, sino en la fidelidad con la que Cristo nos sostiene.


Comentarios