No Jures, Cristo Viene Pronto
- pandevidamcallen
- hace 2 días
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Santiago nos ha venido diciendo cómo debe de ser nuestra preparación ante el regreso de Cristo, y esta preparación nada tiene que ver con tener un kit de supervivencia, o mandar a construir un bunker, o escapar a la montaña más alta del mundo, NO. Porque la mejor preparación no es en términos logísticos y humanos, sino en términos espirituales, porque según Cristo ningún bunker, ninguna fortaleza, ni mucho menos construir una nave indestructible, los podrá salvar. Santiago entonces pasa de decirnos lo que sí debemos de hacer, a lo que no debemos de hacer. La semana pasada estudiamos lo que no debemos de hacer que es: NO QUEJARNOS. Porque la queja, refleja una falta de confianza en Dios. Pero Santiago, agrega un elemento más: NO JURAR. A primera lectura, pareciera que este versículo no tuviera una clara conexión con el tema de la Segunda venida de Cristo.
Alguien pudiera preguntarse: Pastor, ¿Qué tiene que ver, el regreso tan esperado de Cristo con los juramentos? Santiago sabe que, en tiempos de sufrimiento, prueba o conflicto, la lengua puede convertirse en un terreno peligroso. Y por eso dice: “sobre todo”. En otras palabras, “en medio de la espera, en medio del dolor, en medio de la tensión de la vida, hay algo que debemos cuidar y es: La integridad al hablar. Porque el peligro es que los juramentos suelen emplearse en situaciones de dificultad; o “cuando una persona se siente entre la espada y la pared”.
En la mayoría de los casos, muchos de los que juran a lo menos lo hacen por dos razones: (1) Cuando la persona quiere defender su inocencia ante alguna acusación: “Te juro que no lo hice”. (2) Cuando determina tomar venganza contra alguien que la ha ofendido: “Te juro que pagará por lo que me hizo”. Y es aquí donde encaja muy bien este versículo con el contexto, porque recuerden que los hermanos de la iglesia de Santiago, en especial los pobres de la iglesia estaban siendo discriminados, no tenían recursos legales para defenderse, sus sueldos eran retenidos y en muchos casos, aunque trabajaban duro la tierra, no recibían el salario por su trabajo. Y Santiago les hace este llamado de advertencia para que no reaccionar de manera incorrecta ante las injusticias, porque también serian juzgados. “no os quejéis unos contra otros, para que no seáis condenados” (v.9). Y en el versículo 12 vuelve a reafirmar que una mala acción traería una reacción de parte de Dios. “no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, para que no caigáis en condenación”.
Santiago quiere prevenir que los hermanos tengan una reacción equivocada, o que respondan ante toda esta serie de injusticia con violencia. Yo creo que esto es muy clave porque el jurar, suele manifestarse en momentos de ira, de enojo, cuando hay una pérdida del dominio propio, y cuando se pierde esa inteligencia emocional. En otras palabras, el cristiano debe ser una persona tan íntegra, tan transparente y tan veraz, que no necesite respaldar lo que dice con juramentos y promesas innecesarias. Su sí debe ser sí, y su no debe ser no. Ahora, puede ser que alguien piense que los juramentos no sean un pecado serio para Dios. Yo le invito a considerar uno de los ejemplos más tristes de un juramento precipitado en las Escrituras.
“Y Jefté hizo un juramento al Señor: «Si me das la victoria sobre los amonitas, yo entregaré al Señor al primero que salga de mi casa para recibirme cuando regrese triunfante. Lo sacrificaré como ofrenda quemada». Jueces 11.30-31. Dios le da la victoria, y cuando Jefté vuelve a casa la primera persona en salir alegre, con cantos, danza y pandero en mano fue su hija. “Jefté la vio, se rasgó la ropa en señal de angustia. —¡Hija mía!—clamó—. ¡Me has destruido por completo! ¡Me has traído una gran calamidad! Pues hice un juramento al Señor y no puedo dejar de cumplirlo”. Y a causa del juramento, su hija muere.
En cuanto a los juramentos en el Antiguo Testamento hay toda una legislación muy detallada. Leer Levítico 19:12 y Deuteronomio 23:21–23. En cada uno de estos textos, la esencia del mandamiento recae sobre dos principios: (1) La veracidad en el momento de hablar y (2) La necesidad absoluta de cumplir lo prometido. Lamentablemente, este pecado puede parecer pequeño, pero es más serio de lo que pensamos. Porque a veces resulta muy fácil decir: “Te juro que el viernes te lo tengo listo”, cuando en realidad sabemos que el trabajo no estará terminado para ese día. ¿Por qué sucede? Muchas veces por presión, por quedar bien, por necesidad. Pero allí el problema no es solo un mal cálculo del tiempo; el problema es que la lengua empieza a separarse de la verdad. Y cuando eso sucede, nuestras palabras dejan de reflejar integridad.
Los hijos también suelen ser profundamente afectados por este problema. A veces se dice con mucha facilidad: “mañana jugamos”, “mañana te llevo”, “luego te ayudo”, pero en realidad no existe una intención seria de hacerlo. Y aunque esas palabras puedan parecer pequeñas, en el corazón de un niño no son pequeñas. Para ellos, una promesa representa expectativa, ilusión y confianza. Por eso, cuando se prometen cosas que nunca se cumplen, no solo se produce decepción; poco a poco también se va debilitando la credibilidad de quien las dice.
En muchas ocasiones somos demasiado rápidos para prometer cambios que realmente no estamos decididos a llevar a cabo. Y eso se ve con frecuencia también dentro del matrimonio. En medio de una discusión o en un momento de dolor es fácil decir: “te prometo que voy a cambiar”, “te prometo que todo va a ser diferente”. Pero pasan los días, pasan las semanas, y nada cambia. Entonces las palabras que debieron traer esperanza terminan trayendo más frustración y desconfianza. Porque cuando una promesa no nace de una intención sincera de cumplir, se convierte en una forma de mentir para salir rápido del problema.
Pero quizá lo más serio de todo es que este problema no solo aparece en nuestras relaciones con otras personas; muchas veces también se manifiesta en nuestra relación con Dios. Muchos le han jurado a Dios: “Señor, si me sacas de esta situación, te prometo que voy a cambiar.” “Si me ayudas, te prometo que te voy a servir.” “Si me das ese trabajo, te juro que ahora sí voy a ser fiel.” Y Dios, en su misericordia, muchas veces responde. Abre la puerta, concede la oportunidad, extiende su favor. Pero después, cuando llega la bendición, la promesa se olvida. Ahora ya no hay tiempo para servir, ya no hay tiempo para congregarse, ya no hay disposición para obedecer. La misma bendición que pidieron termina convirtiéndose en la excusa de su ausencia. Y eso es serio, porque deja al descubierto un corazón que buscó la bendición de Dios, pero no quiso rendirse verdaderamente al Dios de la bendición. Leer Eclesiastés 5.1-2.
Lo que Santiago está confrontando aquí va mucho más al fondo de lo que a veces pensamos cuando escuchamos la palabra “jurar”. Él no está corrigiendo solamente ciertas frases o fórmulas verbales; está exponiendo un problema del corazón que se refleja en la manera de hablar. Porque el creyente está llamado a distinguirse por una integridad tal, que no necesite juramentos para respaldar lo que dice. Por eso, para cerrar, consideremos algunos principios prácticos que nos ayudan a no caer en este pecado.
1. No jures:
¿Cómo se soluciona el problema? No haciendo juramentos ni en broma, ni en serio, ni porque parezca un juego inocente. ¿Por qué? Porque el creyente está llamado a hablar con integridad. Muchas veces la gente jura para darle más peso a lo que dice, para convencer, para defenderse o para sonar más sincera. Pero Santiago nos recuerda que ese no debe ser el camino del cristiano. Nuestra palabra debe ser tan transparente, tan recta y tan confiable, que un simple “sí” o un simple “no” sea suficiente. Leer Mateo 5.33-36.
2. Sigamos el modelo de Cristo:
Leer 1 Pedro 1.21-23. Qué ejemplo tan perfecto de integridad. Cristo nunca necesitó exagerar, nunca necesitó manipular con palabras, nunca necesitó jurar para parecer más creíble. En su boca no hubo engaño. Su hablar fue limpio, recto, santo y verdadero. Aun en medio del sufrimiento, de la injusticia y de la provocación, Jesús no usó su lengua para pecar.
3. Recuerde quien es usted:
¿Cómo inicia Santiago el versículo 12? “Pero sobre todo, hermanos míos”. En otras palabras, Santiago está diciendo: recuerden quiénes son ustedes y a quién pertenecen.
Porque cuando entendemos que le pertenecemos a Jesús, nuestras palabras deben reflejar la nueva vida que hemos recibido. Si somos hijos de Dios, si somos hermanos en la fe, si decimos seguir a Cristo, entonces nuestra manera de hablar debe estar marcada por la verdad y la integridad.
4. Recuerde las consecuencias que puedes esperar si desobedece:
Santiago no dice: “sería mejor que no juraran”. No. Él añade una advertencia solemne: “para que no caigáis en condenación.” Eso significa que Dios toma muy en serio la manera en que usamos nuestras palabras. Lo que decimos no se lo lleva simplemente el viento, nuestras palabras pueden construir confianza o destruirla, pueden reflejar integridad o dejar al descubierto un corazón doble.
PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR
1. ¿Por qué creen que Santiago relaciona la queja con la cercanía de la venida de Cristo?
2. ¿Por qué la queja contra otros hermanos no es solo un problema del corazón, sino también un problema espiritual y doctrinal?
3. ¿Qué diferencia hay entre expresar dolor legítimo delante de Dios y vivir quejándonos?
4. Según Santiago 5:10, ¿qué nos enseñan los profetas acerca del sufrimiento, la paciencia y la fidelidad en medio de la oposición?



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