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No Más Quejas Cristo Viene Pronto

  • pandevidamcallen
  • 25 abr
  • 6 Min. de lectura

Desde tiempos antiguos, el ser humano ha sentido inquietud por conocer el futuro y anticipar el fin de todas las cosas. También en nuestra época hemos escuchado teorías alarmantes: asteroides que impactarían la tierra, cambios catastróficos en los polos magnéticos y muchas otras predicciones que han inquietado a la gente. Sin embargo, el tiempo ha pasado, esas fechas quedaron atrás, y aquí seguimos. Lo que Jesús sí dejó establecido es que: “Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre” Mateo 24.36. Asimismo, ya han pasado veinte largos siglos desde que Cristo anunció: “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo...” Juan 14.2. Pero Cristo aún no ha regresado.

Entonces, surge una pregunta importante: ¿Cuál es la razón de Su tardanza? En un mundo donde la maldad crece y no se detiene; en un mundo donde el pecado ha desencadenado los actos más horribles en la historia del hombre; en una tierra que sufre de hambre, enfermedades, guerras, pandemias, destrucción y muerte. ¿Por qué Cristo se ha tardado tanto en regresar? La tardanza del regreso de Cristo no se debe tanto a Dios, sino a nosotros. Dios ha tenido que estirar Su paciencia hacia una humanidad que ha endurecido su corazón a todo lo que tiene que ver con Dios.  Leer 2 Pedro 3.9.

Vivimos en tiempos en los que la maldad de este mundo se hace cada vez más evidente ante nuestros ojos. Nuestra sociedad avanza a gran velocidad por un camino de oscuridad, alejándose de Dios y acercándose a una etapa decisiva de la historia humana. La Biblia nos advierte que vendrían días difíciles, y Jesús mismo dijo: “Y todo esto será principio de dolores” Mateo 24:8. Por eso, lo que vemos a nuestro alrededor no debe llevarnos al temor, sino a la preparación, a la oración y a una esperanza más firme en el Señor. Todo esto nos recuerda que la historia avanza hacia el cumplimiento de los propósitos de Dios y que el regreso de Cristo está cada vez más cerca. Frente a esta realidad, surge una pregunta necesaria para nuestro corazón: ¿Cómo debemos vivir mientras esperamos a Jesús?

Y lo primero que vimos fue la paciencia, que es una virtud que nos desafía a permanecer firmes, sin rendirnos y con la esperanza puesta en Jesús. El segundo requisito es la necesidad de rendir nuestra vida al control de Dios. Santiago nos presenta la imagen del agricultor: él prepara la tierra, siembra la semilla y hace con diligencia todo lo que está de su parte, pero no puede controlar el clima, ni las lluvias, ni el proceso invisible por el cual la semilla brota y crece. De la misma manera, nosotros también debemos aprender a confiar en el Señor, reconociendo que hay asuntos que debemos de atender con responsabilidad, pero también hay muchas cosas que escapan completamente de nuestras manos. En esos momentos es donde nuestra fe debe descansar, permitiendo que Dios tome el control y obre según Su voluntad.

El tercer requisito lo encontramos en el versículo 8 “Manténganse firmes porque el Señor regresa pronto”. Santiago 5.8 (PDT). Santiago nos llama a afirmar el corazón, porque sabe que el sufrimiento y las adversidades tienen el poder de sacudir nuestra vida espiritual. En medio de las pruebas, la fe puede debilitarse, el ánimo puede caer y el corazón puede llenarse de dudas, temor o cansancio. Y en el peor de los casos, una persona puede enfriarse espiritualmente e incluso darle la espalda a Dios. Y hoy estaremos analizando el cuarto requisito:

4.  NO TE QUEJES:

Hermanos, no se quejen unos de otros..”. Santiago 5.9. Hasta este punto, Santiago nos ha venido mostrando aquello que sí debemos cultivar mientras esperamos la venida del Señor; pero ahora pasa a advertirnos sobre algo que debemos evitar con diligencia: la queja entre hermanos. Recordemos el contexto de aquellos creyentes. Los hermanos a quienes Santiago escribe estaban atravesando tiempos de profunda injusticia y aflicción. Muchos habían sido víctimas de abuso, discriminación y opresión. Los ricos, en su deseo desmedido de acumular más, habían atropellado los derechos de los pobres; los habían engañado, les retenían el salario pagándoles tarde o incluso dándoles menos de lo justo.

En medio de una realidad tan dura, esta exhortación cobra una importancia enorme. Porque cuando nosotros enfrentamos el sufrimiento, las pruebas o el dolor, fácilmente el corazón puede reaccionar de una manera incorrecta. Cuando una enfermedad golpea el hogar, cuando llega una crisis inesperada, cuando alguien sufre abuso, o cuando la muerte toca de repente a una familia, el alma puede ser tentada a responder carnalmente. Frente a las dificultades, podemos volvernos impacientes, resentidos, amargados, vengativos, e incluso, llegar a darle la espalda a Dios.

Por eso, con amor pastoral, pero también con firmeza, Santiago nos dice: "Hermanos, no se quejen". En otras palabras, "no permitan que el sufrimiento dañe su comunión, no dejen que el dolor envenene su corazón, y no conviertan la prueba en una ocasión para pecar con sus palabras contra otros, porque Cristo viene pronto, y mientras lo esperamos, nuestro llamado no es a murmurar, sino a permanecer firmes, con un corazón fiel, centrado y confiado delante del Señor".

Vivimos en una cultura donde la queja se ha vuelto algo normal. Nos levantamos por la mañana, salimos de casa y fácilmente comenzamos a quejarnos del clima, del tráfico, del conductor que se nos atravesó en el camino. Si llueve, nos quejamos; si no llueve, también. Si hace calor, nos incomoda; si llega el frío, igualmente murmuramos. Pero debemos entender, que la queja no es algo pequeño ni inofensivo. La queja contamina el corazón, daña nuestras relaciones y muchas veces pone en evidencia una falta de confianza en Dios.


Sin embargo, Santiago va todavía más lejos, porque no solo nos habla de la queja en general, sino que dice: “no se quejen unos de otros”. Y eso es serio, porque cuando una persona vive quejándose, esa actitud termina influyendo en los demás; la queja se contagia, se esparce, contamina. Eso fue precisamente lo que ocurrió con el pueblo de Israel, como leemos en Números 11:1-6. Israel había salido de Egipto por la mano poderosa de Dios. El Señor los había libertado de la esclavitud, había abierto el Mar Rojo delante de ellos y los guiaba continuamente con Su presencia en la nube y en la columna de fuego. Pero cuando llegaron al desierto y enfrentaron la incomodidad del camino, comenzaron a mirar al pasado añorando y con nostalgia su vida en esclavitud. Por un momento olvidaron la dureza de la esclavitud y empezaron a idealizar a Egipto, mientras menospreciaban la provisión fiel que Dios les estaba dando cada día.

Y esa misma lucha puede presentarse también en nosotros. Muchas veces, en medio de presiones familiares, dificultades laborales, problemas en el matrimonio o cargas relacionadas con los hijos, surge la tentación de concentrarnos más en lo que nos falta que en las bendiciones que diariamente recibimos de la mano del Señor. Y cuando el corazón se enfoca más en la carencia que en la gracia de Dios, la queja comienza a brotar. Por eso este asunto es tan delicado. La queja no es simplemente una expresión pasajera de frustración, nostalgia o inconformidad; en realidad, es una manifestación externa de un corazón que está luchando con la providencia de Dios y con el contentamiento por las cosas que tenemos en Dios.

A pesar de que Israel experimentó la libertad de la esclavitud, de ver milagros extraordinarios y de disfrutar del cuidado constante de Dios, no dejó de quejarse.  Eso nos recuerda que el problema de la queja no está primero en las circunstancias, sino en el corazón. Y Dios permitió que toda una generación muriera en el desierto a causa de sus quejas y de su falta de confianza en Él. Sin embargo, aquellos que permanecieron fieles, pudieron entrar en la tierra prometida. El mensaje es claro: la queja nos mantiene dando vueltas en el desierto, pero la gratitud nos prepara para avanzar hacia las promesas de Dios.


¿Recuerdan a Job? Job sufrió pérdidas inmensas, pero la Biblia dice: “En todo esto no pecó Job con sus labios”. Job no permitió que la queja gobernara su corazón, sino que declaró: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. El mensaje es claro: Cambia la queja por la adoración a Dios, porque la adoración a Dios en medio del sufrimiento nos ayuda a confiar en Dios aun cuando no comprendamos los procesos de Dios.

Pastor, ¿Cómo eliminamos la queja de nuestra vida?

  1. Recuerde que la queja es pecado:

Hermanos, no se sigan quejando unos de otros para que no sean declarados culpables” Santiago 5.9. No es que una sola queja haga que perdamos la salvación, claro que no, pero una actitud quejosa puede ser evidencia de que no confiamos en Dios como decimos hacerlo.


  1. Sigamos modelos de personas que nos edifican:

Si la queja es contagiosa, y produce amargura, resentimiento, duda, y le sumamos que es pecado; la paciencia, la gratitud, la fe, y la confianza son virtudes que debemos imitar. Leer Santiago 5.10-11


PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR

 

  • ¿Por qué creen que Santiago relaciona la queja entre hermanos con la cercanía de la venida de Cristo?

  • ¿Por qué la queja contra otros hermanos no es solo un problema de carácter, sino también un problema espiritual y doctrinal?

  • ¿Qué diferencia hay entre expresar dolor legítimo delante de Dios y vivir quejándonos unos de otros?

  • Según Santiago 5:10, ¿qué nos enseñan los profetas acerca del sufrimiento, la paciencia y la fidelidad en medio de la oposición?

 

 
 
 

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