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Clinica Del Alma I

  • pandevidamcallen
  • 1 jun
  • 6 min de lectura

Santiago nos ha venido mostrando cual debe de ser nuestra respuesta ante los sufrimientos, las injusticias y las situaciones dificiles que se nos puedan presentar. Y lo primero que nos dice es que las debemos de enfrentar con paciencia (5.7) Que debemos dejar que Dios tome el control de toda situación (5.7-8) y que mientras Cristo regresa debemos de permanecer firmes en el Señor, evitando: La queja, los juramentos y las mentiras. (5.9-12) Y ahora, Santiago nos habla de la oración en medio de dos situaciones opuestas, de dos condiciones que tu yo conocemos muy bien: La aflicción y la alegría, la angustia y el gozo, la enfermedad y la salud. Y sin importar cuál de las dos estemos experimentando, Santiago nos dice: “Busquen a Dios”.


Parece que Santiago está terminando su carta como la inició. En el capito 1 después de advertirnos e instruirnos acerca de cómo es que demos de responder ante el sufrimiento, él nos dice: “Si necesitan sabiduría, pídansela a nuestro generoso Dios, y él se la dará; no los reprenderá por pedirla”. Santiago 1.5 (NTV). Y ahora en el capítulo 5 después de hablarnos de las injusticias de los ricos, de los abusos que estaban enfrentando los pobres, vuelve a instruirnos acerca de la oración diciéndonos: “Si alguno de ustedes está triste, póngase a orar. Si está alegre, alabe a Dios con cánticos.” (TLA). Yo creo que esto no es una coincidencia; sino que esta reiteración es porque Dios nos quiere enseñar acerca de cómo es que se debe de vivir la vida cristiana tanto en medio del dolor, de la enfermedad, o en medio de la peor crisis, pero también cuando estemos alegres, en paz y en prosperidad.

Cualquier que pueda ser el caso, tenemos que estar cerca de Dios en oración. Y lo primero que nos dice Santiago es “Si alguno de ustedes está triste, póngase a orar…” Santiago no pasa por alto el sufrimiento del creyente, ni lo reduce a una frase ligera. Él entiende que el corazón del cristiano también atraviesa días de aflicción, cansancio, presión y tristeza profunda.

Pero, en medio de esa realidad, nos recuerda que la primera reacción del creyente que confía en Dios debe ser el acercarse al Señor y llevar en oración todo aquello que le duele, le pesa y le angustia. Mis hermanos, en la vida hay situaciones que golpean profundamente el corazón. Muchos de los problemas que enfrentamos producen tristeza, dolor, angustia y cansancio del alma. Y Santiago, con una sabiduría profundamente pastoral, no ignora esa realidad. Él sabe que el creyente también puede sentirse afligido. Sabe que aun los hijos de Dios atraviesan momentos donde el corazón se siente cargado, confundido y herido.

Por eso, lo que Santiago busca enseñarnos, es la forma correcta en que nosotros debemos de manejar  esa tristeza cuando llega a nuestra vida. Porque la tristeza puede venir por muchas razones. A veces es causada por personas muy cercanas a nosotros, por palabras que nos hirieron, por actitudes que no esperábamos, por decepciones que vienen de aquellos a quienes amamos. Otras veces llega por circunstancias difíciles que aparecen de repente: una enfermedad inesperada, la pérdida de un trabajo, una separación, una crisis en el hogar, la muerte de un ser querido, una noticia que cambia nuestros planes o una carga que parece demasiado pesada para llevar.

Y Santiago quiere mostrarnos cuál es la respuesta correcta del creyente ante la aflicción. Porque si no aprendemos a tratar la tristeza delante de Dios, si no la enfrentamos por los medios de gracia que el Señor ha puesto a nuestra disposición, esa tristeza puede comenzar a conducirnos por caminos peligrosos. Puede llevarnos al aislamiento, a la queja, a la amargura, al desánimo profundo, a decisiones equivocadas o a una manera de vivir marcada por la desesperanza. La tristeza, en sí misma, no siempre es pecado ni necesariamente es una enfermedad. Pero cuando no se trata correctamente, puede afectarnos de maneras muy serias. Puede debilitar el ánimo, apagar el gozo, afectar el cuerpo y puede afectar significativamente nuestra condición fisica. Y esto no solo lo ha observado la ciencia; la Palabra de Dios ya lo había afirmado con claridad cuando dice: “El corazón alegre constituye buen remedio; mas el espíritu triste seca los huesos” Proverbios 17:22. Por eso Santiago no nos llama a negar la tristeza, ni a esconderla, ni a fingir que todo está bien.


Santiago nos llama a llevarla al lugar correcto: delante de Dios. Porque una tristeza que se queda encerrada en el corazón puede destruirnos.  Por eso Salomón nos dice que un corazón cargado de tristeza “seca los huesos”. Es una manera sabia y profunda de describir cómo una tristeza sostenida por mucho tiempo... Puede ir debilitando a la persona por dentro. La tristeza no solo toca el ánimo; también puede afectar el cuerpo, las fuerzas, la energía y hasta la manera en que enfrentamos la vida diaria. Cuando la tristeza se mantiene por mucho tiempo, cuando se alimenta en silencio, cuando no se lleva delante de Dios, puede comenzar a desgastar el alma. Y ese desgaste muchas veces también se refleja físicamente. La persona se siente cansada, sin fuerzas, sin ánimo, con dificultad para descansar, con menos deseo de compartir con otros, servir o continuar adelante. Mis hermanos, la tristeza prolongada puede enfermarnos. A veces altera los hábitos más sencillos de la vida. Algunos pierden el apetito; otros comen demasiado buscando calmar un dolor que la comida no puede sanar.

Algunos no logran dormir bien; otros quisieran dormir todo el día para no sentir. También puede manifestarse en tensión, fatiga, dolores musculares, malestares en el estómago, migrañas o una descompensación de las defensas del organismo. Y aunque debemos ser cuidadosos y no reducir todo sufrimiento físico a una causa emocional, sí es cierto que muchas veces el cuerpo termina expresando lo que el alma ha estado cargando en silencio. Como alguien dijo: “El cuerpo grita lo que el alma calla.” Por eso Santiago nos llama a no ignorar la tristeza ni a manejarla solos. La tristeza que se reprime sin Dios puede traer serias consecuencias en todos los niveles; pero la tristeza que se trae delante del Señor en oración puede comenzar a recibir consuelo, dirección y fortaleza.


Así que la pregunta de Santiago no es para condenar al afligido, sino para conducirlo al refugio correcto: “¿Está alguno entre vosotros afligido? Busque a Dios en oración.” Y Santiago quiere que entendamos algo profundamente necesario para la vida cristiana: cualquiera que sea nuestra condición, debemos buscar a Dios. Si estamos afligidos o alegres, si atravesamos enfermedad o disfrutamos salud, si estamos en medio de una crisis o viviendo una temporada de paz, si enfrentamos escasez o abundancia, el llamado sigue siendo el mismo: Busquemos al Señor. Porque la oración no es solamente para los momentos desesperados; es la respiración del alma que depende de Dios en toda circunstancia. Pero Santiago sabe que hay momentos donde la aflicción pesa tanto que el corazón comienza a cansarse. Tal vez alguien aquí ha estado orando por años para que Dios cambie determinada situación, y sientes que Dios no ha respondido como esperabas. Tal vez estás al borde de rendirte, pensando que ya no tienes fuerzas para seguir esperando. Tal vez la situación en tu hogar se ha vuelto muy difícil. Has intentado buscar la paz, has tratado de promover la reconciliación, has querido hacer las cosas bien, pero los problemas parecen aumentar, y hay días en que quisieras salir corriendo porque sientes que ya no puedes más.


Tal vez has estado esperando una oportunidad laboral, una puerta que se abra, un cambio, una mejora, una respuesta que traiga alivio; pero en lugar de mejorar, todo parece complicarse más. Y en medio de cualquier situación, Santiago nos dice con amor pastoral: no te rindas, clama al Señor. Mis hermanos, Dios nos llama a orar. No porque la oración sea una actividad religiosa mecánica, sino porque es el camino por el cual el alma afligida vuelve a poner su confianza en las manos del Padre. La aflicción puede empujarnos a la desesperanza, pero Santiago nos enseña que la oración nos regresa a la esperanza en Dios. Por eso, antes de rendirte, ora. Antes de dudar, ora. Antes de tomar una decisión desde el dolor, ora. Antes de concluir que no hay salida, clama al Señor. Porque el Dios que nos llama a orar no es indiferente a nuestras lágrimas. Él escucha al quebrantado, sostiene al cansado y da gracia al que se acerca a Él con un corazón necesitado. “»No se cansen de pedir, y Dios les dará; sigan buscando, y encontrarán; llamen a la puerta una y otra vez, y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama a la puerta, se le abrirá. »¿Le daría alguno de ustedes una piedra a su hijo si le pide pan? ¿O le daría una serpiente si le pide un pescado? Pues si ustedes, aun siendo malos, saben cómo darles cosas buenas a sus hijos, imagínense cuánto más dispuesto estará su Padre celestial a darles lo que le pidan”. Mateo 7.7-11.


 
 
 

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