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Estoy Descarriado

  • pandevidamcallen
  • 24 jun
  • 6 min de lectura

Estoy seguro de que usted conoce a personas que en algún momento caminaron con Dios, pero se han alejado de Dios. Quizá tú has sido testigo de cómo, con el pasar de los años, creyentes que parecían estar firmes en Jesús, que seguían a Jesús, que amaban la cruz de Jesús, hoy ya no están. Y es que según un artículo del sitio Lifeway Research señala que en promedio las congregaciones estadounidenses están al 85% de sus niveles de asistencia previo a la pandemia. También se indica que aproximadamente 16% de los cristianos que asistían regularmente a la iglesia antes de la COVID-19 han dejado de asistir completamente.

Y aunque te pueda sorprender escucharlo, esta tendencia revela algo importante: Es fácil identificar el alejamiento espiritual en otros, pero es sumamente difícil reconocerlo en uno mismo. El proceso de apartarse en la mayoría de los casos, no ocurre de manera repentina. Es gradual, sutil, y a menudo imperceptible a nuestro propio discernimiento espiritual. Porque a veces el alejamiento de Dios no ocurre de golpe. Es lento, silencioso, casi imperceptible. Y cuando finalmente abrimos los ojos, descubrimos que nos hemos desviado del camino, y estamos al borde de un abismo lleno de consecuencias y heridas.

Ese alejamiento no lo veremos publicado en redes sociales, no se publica en los periódicos, las iglesias no lo proyectarán en las pantallas, pero sucede, y sucede más de lo que imaginamos.

Y tristemente tenemos que reconocer que con el paso del tiempo, veremos a más personas alejándose de los caminos del Señor. Y Cuando escuchamos la palabra descarriado, muchas veces pensamos inmediatamente en alguien que dejó de congregarse, regresó a los vicios, abandonó su familia o declaró que ya no quiere saber nada de Dios. Pero no todo descarriado está fuera de la iglesia. Hay personas que siguen asistiendo, cantando, sirviendo, pero su corazón ya no está cerca de Jesús. Están presentes físicamente, pero espiritualmente se han ido alejando.

Por eso, quiero compartir contigo algunos síntomas que nos ayudarán a examinar nuestro corazón y descubrir si estamos permaneciendo firmes en el camino del Señor, o si poco a poco hemos comenzado a apartarnos de Él.

  • Cuando la rutina ha desplazado el fervor y la pasión por Dios: Esa fe que antes ardía ahora se volvió un ritual frío. Haces lo mismo, dices lo mismo, cantas lo mismo, pero sin sentir nada.

  • Cuando obedeces solo lo que te conviene: En otras palabras, es obediencia “a la carta”: hago lo fácil, ignoro lo que me incomoda. Queremos de Dios la bendición, pero no su corrección, quiere la protección de Dios, pero no seguir a Dios.

  • Cuando somos solo espectadores del servicio dominical: En otras palabras, presentes en el servicio a Dios, pero ausentes de Dios. Ya no hay quebranto, no hay arrepentimiento, no hay sensibilidad. El corazón se endurece y ni lo notas.

  • Cuando levantamos ídolos sin llamarlos ídolos: Aunque esos ídolos no son ni de oro, cerámica o madera, pero igual los adoramos: el trabajo, el dinero, el éxito, el entretenimiento, las amistades. Cuando cantamos sin adorar y oramos sin clamar: La boca se mueve, pero el corazón y nuestros pensamientos están en otro lado. Dios escucha el sonido, pero no siente tu corazón.

  • Cuando hay remordimiento y no arrepentimiento: Lágrimas que duran un servicio. Promesas que se evaporan en cuanto salimos del templo.

  • Cuando empezamos a justificar lo que antes llamábamos pecado. En ese punto es fácil decir: “Dios me comprende”, “no es para tanto”, “todos lo hacen”, “Y ¿Qué tiene de malo?” Y poco a poco el corazón se acostumbra a lo que antes rechazaba.

  • Cuando perdemos el hambre por la Palabra: Antes abrías la Biblia y sentías que Dios te hablaba directamente al corazón. Su Palabra te confrontaba, te inquietaba, encendía algo dentro de ti y se había vuelto indispensable para tu vida. Pero ahora la lees y parece que nada sucede: no te conmueve, no te corrige, no despierta hambre en ti. Y esa indiferencia espiritual no es una simple casualidad; puede ser una señal de que tu corazón está comenzando a alejarse del Señor.


Santiago nos ha estado hablando de lo importante que es la oración estemos alegres o tristes, en enfermedad o en salud, en escases o en prosperidad. “¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración”. Estamos en enfermedad: “Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él”; cuando le fallamos a Dios, el Señor nos dice: “Y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados”. (v.15). Si dentro de la iglesia los hermanos se han lastimado: “y orad unos por otros, para que seáis sanados”. (v.16) Oración, oración, oración, en otras palabras: NO TE ALEJES DE DIOS. Y ahora Santiago nos coloca frente a una realidad dolorosa dentro de la vida de la iglesia: “El hermano se ha apartado de la verdad”. No se trata simplemente de alguien que tuvo un mal día, ni de una persona que cometió un error aislado, sino de alguien que ha comenzado a desviarse del camino que antes confesaba seguir.

Santiago no nos explica cuál fue la causa exacta de ese alejamiento. Tal vez fueron dudas que nunca expresó, heridas que no supo procesar, oraciones que creyó no contestadas o un desánimo profundo que poco a poco fue apagando su fe. Quizás fue un pecado tolerado en secreto, una tentación que terminó dominándolo o la seducción de un mundo que le prometió satisfacción lejos de Dios. No conocemos las circunstancias, pero sí conocemos el peligro: cuando una persona se aparta de la verdad, también comienza a alejarse de la vida, de la comunión y de la protección espiritual que encuentra en el Señor.

Sin embargo, Santiago no presenta a este hermano como un caso perdido, ni como alguien a quien la iglesia debe señalar, rechazar o abandonar. Por el contrario, el texto revela que su condición requiere la intervención amorosa de otros creyentes. Alguien debe acercarse. Alguien debe notar su ausencia, discernir su condición y estar dispuesto a buscarlo con humildad, paciencia y compasión.

Aquí Santiago nos recuerda que la vida cristiana no fue diseñada para vivirse en aislamiento. Formamos parte de un cuerpo en el que debemos cuidarnos, exhortarnos, sostenernos e interceder unos por otros. Cuando un hermano se desvía, la respuesta de la iglesia no puede ser la indiferencia. No podemos decir: “Ese es su problema” o “Él sabrá lo que hace”. El amor cristiano nos mueve a involucrarnos, porque la comunión fraternal implica responsabilidad mutua. Y con toda ternura nos dice: “hermanos míos”. Estas dos palabras nos dicen que las formas que vamos a emplear para traerlo de vuelta, la manera en que vamos a tratar con su pecado, la manera en que vamos a confrontar su error sí importan. Leer Gálatas 6.1.

Eso implica que nuestro acercamiento al hermano caído debe ser un acercamiento sincero y honesto, donde debemos de emplear las palabras correctas, y que esas palabras correctas estén revestidas de una actitud de gracia y tacto. La palabra que usa Pablo como: “restaurar” es importante. Se empleaba en la antigüedad para alguien que se había roto un hueso, y que debían de tratarlo con mucho cuidado para curarlo.

Según nos enseñan estos versículos, uno puede extraviarse al alejarse de dos cosas: La verdad (5:19) y el camino (5:20). La verdad representa aquello que Dios nos ha revelado: su verdad, su doctrina, su Palabra. El camino, nos habla de cómo esa verdad se vive, se aplica, se lleva a la práctica diaria todos los días. Y aunque parezcan dos cosas distintas, en realidad están entrelazadas. Porque la verdad de Dios no fue diseñada solo para llenar nuestra mente de información, sino para transformar nuestra vida. Y la conducta cristiana no es un intento moralista de portarnos bien; es simplemente el fruto inevitable de haber abrazado la verdad que Dios nos dio en su palabra.

Y es por esa razón, que Santiago nos llama a salir a buscar, salir a rescatar, salir a encontrarnos con todos aquellos que se han alejado de la verdad de Dios, y están caminando mal. Creo que la mejor ilustración, y el mejor ejemplo de cómo es que nosotros podemos llevar a la práctica lo que Santiago hoy nos está desafiando, es por medio del ejemplo de Jesús. Leer Lucas 15.1-7.

Según Cristo, la oveja perdida no regresa sola. No sabe cómo. No puede. No recuerda el camino. Y es que el gran porcentaje de aquellos que se descarrían por lo general no regresan por sí solos. Los heridos no sanan solos. Los confundidos no encuentran la dirección solos. Por eso Jesús dice que el pastor va. Y cuando la encuentra, no la reprende, no le grita, no le dice: “¿Hasta cuándo te voy a aguantar?” “¿Si me hubieras hecho caso cuando te lo advertí?” La toma en sus brazos. La carga sobre sus hombros. Porque cuando alguien se extravía, no necesita regaños; necesita un salvador. Necesita un hermano que vaya, que se acerque, que lo levante. Y aquí está el punto que Santiago enfatiza: Tú y yo somos esos brazos. Tú y yo somos los pies del Pastor corriendo entre espinos, colinas o barrancos. Por lo tanto, debemos recordar que Dios no solo nos llamado a seguirle, nos envía a traer de regreso a los hijos que se han perdido.


 
 
 

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