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La Miseria De Los Ricos

  • pandevidamcallen
  • 6 abr
  • 6 min de lectura

En algunos restaurantes o tiendas, cerca de la registrado se encuentran unas latas donde los clientes pueden depositar sus donativos para diferentes entidades de ayuda.  En estos tiempos tecnológicos, los donativos se pueden realizar directamente desde su computadora o su teléfono inteligente. La pregunta es: ¿Crees que hay más personas generosas que personas tacañas? Santiago en este capítulo 5 comienza a hablarnos, no solo de la actitud de acumular riquezas, sino también en la manera equivocada de obtener riquezas.  Muchos en su afán equivocado por tener más dinero de la noche a la mañana: mienten, tranzan, roban, defraudan, lavan dinero, realizan malversación de fondos, chantajean, despojan, trafican y otros han llegado al extremo de asesinar por dinero.


Por esa razón Santiago comienza con una declaración de juicio: “... ricos: ¡Lloren y griten por todas las desgracias que van a sufrir!”. Santiago 5.1 (NBV). Ahora, estos juicios de Dios no son ordenados sin causa alguna. La razón de este juicio es que ellos habían hecho de las riquezas la prioridad principal de sus vidas a tal extremo, que literalmente Dios había sido borrado de sus corazones, pero, además: “Su riqueza se está pudriendo, y su ropa fina son trapos carcomidos por polillas”. Santiago 5.2 (NTV). Jesús también señala este mismo error. Leer Mateo 6:19.

La denuncia que hace Santiago consistía en que los ricos estaban acumulando sus posesiones y en vez de administrarlas para tener un impacto en otras vidas, sus riquezas se estaban perdiendo. En vez de tener compasión con los necesitados y darles de comer a los pobres, los gusanos se estaban dando banquete; en vez de compartir un abrigo con los necesitados, la polilla estaba destruyendo sus ropas. Sin duda que hoy Dios nos está llevando a un nivel más alto en comprensión, porque podemos creer que estas cosas no son importantes para Dios. Que el acumular, el amontonar, que el administrar nuestros bienes materiales es algo en lo que Dios no interfiere, pero según Santiago y Cristo, es evidente que Dios reacciona ante esta situación.


Y Santiago nos hace el llamado a no cometer ese mismo error en cuanto al manejo del dinero, a no caer en el peligro de apartar nuestra mirada del Señor y enfocarnos en las posesiones materiales únicamente. El pecado que estaba sucediendo dentro de la iglesia era que los ricos aparte de hacerse cada vez más ricos, preferían que sus posesiones se echaran a perder, en vez de compartir con los necesitados. Los alimentos como el grano, frutas, carnes y verduras se estaban perdiendo. Tenían tantos vestidos acumulados, que el gusano de la polilla se las estaban comiendo, y sus pertenencias como el oro y la planta estaban perdiendo su valor al no ser correctamente invertidos.


Y aquí tenemos que preguntarnos: ¿Cuántas veces hemos caído en este despilfarro de riquezas? ¿Cuántas veces nuestra comida se pierda y la tiramos porque es demasiada en nuestros refrigeradores?  ¿Cuántas veces ni podemos entrar a nuestros garajes de la cantidad de cosas acumuladas? Ya nuestras casas no están diseñadas con el tradicional closet, sino con el walking closet donde la ropa esta apilada y muchos tienen que rentar una bodega adicional porque no es suficiente. El problema no era que el rico hubiera recibido bendiciones, sino que no las usó para la gloria de Dios. Aquello que comenzó como bendición terminó convirtiéndose en maldición. Lo que antes era lujo ahora estaba corrompido, porque el rico no entendió el verdadero valor de las riquezas. En vez de emplearlas para el propósito divino —alimentar al hambriento, vestir al necesitado y sostener la vida— las guardó egoístamente, sin que nadie se beneficiara. Por eso el Señor también nos advierte: “No almacenes tesoros aquí en la tierra, donde las polillas se los comen y el óxido los destruye… Almacena tus tesoros en el cielo… Donde esté tu tesoro, allí estarán también los deseos de tu corazón.” Mateo 6:19–21.


La acumulación de riquezas, tan claramente advertida por Jesús, suele revelar dos pecados del corazón que pueden pasar desapercibidos: Por un lado la incredulidad hacia Dios y por otro, el egoísmo hacia el prójimo. Quien vive aferrado a sus posesiones demuestra, en el fondo, que no ha puesto su confianza plena en el Señor como su seguridad para el futuro. Esa falta de fe impide incluso disfrutar con gratitud lo que Dios le concede, pues siempre teme no tener suficiente. Y al mismo tiempo surge el egoísmo: teniendo recursos para aliviar la necesidad del otro, decide retenerlos para sí, olvidando que los bienes recibidos también son un medio por el cual Dios llama a servir y amar al prójimo. Esta es la razón del juicio de Dios: “Su oro y plata se han corroído… las mismas riquezas testificarán contra ustedes el día del juicio” (v.3). Sus riquezas no fueron usadas para bendecir ni aliviar la necesidad de otros, sino acumuladas con una actitud de codicia y egoísmo. El hecho mismo de que se deterioraran demuestra que no eran provisiones necesarias, sino posesiones retenidas sin un propósito eterno. Lo que guardaron con tanto celo terminó convirtiéndose en evidencia de un corazón que olvidó a Dios y al prójimo.

Pero Santiago va aún más lejos: “¡Escuchen! El salario que no pagaron a los trabajadores clama contra ustedes; el clamor de los segadores ha llegado a los oídos del Señor de los Ejércitos” (Santiago 5:4, NTV). Ya no se trata solo de acumular sin sentido, ahora se trata de riquezas obtenidas de manera injusta. En otras palabras, el pecado nunca se queda solo, la avaricia termina produciendo injusticia. Hoy también ocurre lo mismo cuando se retienen pagos, se explota al empleado, se paga menos de lo justo o se aprovecha de la necesidad del que tiene menos oportunidades. Así, el deseo desordenado por tener más lleva a endurecer el corazón frente al prójimo, olvidando que Dios oye el clamor del que sufre y no es indiferente ante la injusticia. Leer Deuteronomio 24:14–15.


Santiago no solo condena la acumulación inútil de riquezas ni su obtención injusta, sino también su uso egoísta. “Ustedes han llevado una vida de lujos aquí en la tierra y se han dado gusto en todo lo que han querido. Se han engordado tal como se engordan los animales para el día de la matanza.” Santiago 5.5 (PDT). Hermanos, vivimos en una sociedad marcada por el deseo constante de tener más, donde la vida se orienta a satisfacer los propios apetitos antes que honrar a Dios. Tristemente muchos viven para sus propios deleites, olvidando el el verdadero propósito de la vida. Pero, el pecado más grave de aquellos ricos fue este: “Habéis condenado y dado muerte al justo, y él no os hace resistencia.”(v.6). No solo acumularon riquezas inútilmente, ni solo defraudaron a sus trabajadores o vivieron en placeres; fueron más lejos, usaron su influencia en los tribunales para oprimir y condenar al inocente.


La avaricia endureció tanto sus corazones que ya no vieron al prójimo como persona, sino como obstáculo. La historia y nuestra propia experiencia muestran hasta dónde puede llegar la codicia: destruye familias, arruina reputaciones y puede llevar incluso a quitar la vida con tal de obtener más. Entonces surge la pregunta: ¿Cómo evitar ese mal camino?


1. Debemos tener cuidado de vivir sólo para nosotros mismos:

Enséñales a los ricos de este mundo que no sean orgullosos ni que confíen en su dinero, el cual es tan inestable. Deberían depositar su confianza en Dios, quien nos da en abundancia todo lo que necesitamos para que lo disfrutemos". 1 Timoteo 6.17

Pablo no está hablando solamente de dinero; está hablando de dónde descansa nuestra confianza, qué controla nuestros afectos y cómo estamos usando lo que Dios ha puesto en nuestras manos. Pablo nos advierte, que las riquezas pueden alimentar el orgullo. “que no sean altivos”. El dinero, la estabilidad económica, el trabajo, los bienes, o aun cierta comodidad en la vida pueden empezar a producir en nosotros una sensación peligrosa de autosuficiencia. El corazón puede comenzar a pensar: “estoy bien… no necesito tanto de Dios”. Y ese es un gran peligro espiritual. Porque a veces no es en la escasez donde más nos enfriamos, sino en la abundancia.


2. Tenemos una gran recompensa cuando no cerramos nuestro corazón al necesitado:

Diles que usen su dinero para hacer el bien. Deberían ser ricos en buenas acciones, generosos con los que pasan necesidad y estar siempre dispuestos a compartir con otros. De esa manera, al hacer esto, acumularán su tesoro como un buen fundamento para el futuro, a fin de poder experimentar lo que es la vida verdadera.1 Timoteo 6.18-19. Dios no solo nos da para sostenernos; también nos da para impactar la vida de otros. Lo que tenemos debe convertirse en una oportunidad para hacer bien, para ayudar a alguien necesitado, y para sostener la obra del Señor.

 
 
 

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