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Lo Que Dios Más Repudia

  • pandevidamcallen
  • 14 ene
  • 6 Min. de lectura

Para algunos, este título puede parecer contradictorio, pues solemos asociar a Dios únicamente con amor, perdón y bendición. Y es verdad, Dios es todo eso. Sin embargo, la Escritura también nos revela que ese mismo Dios, en su santidad, se opone al orgullo que habita en el corazón del hombre. No porque deje de amar al hombre, sino porque el orgullo levanta una barrera que nos separa de Su gracia. Es precisamente esa actitud de soberbia la que nos aleja de su amor, nos cierra al perdón y nos impide experimentar la plenitud de Su bendición. Leer Prov. 16.5.

Lamentablemente, muchas personas no llegan a comprender el enorme poder destructivo que el orgullo ejerce sobre el corazón, ni las consecuencias tan profundas que esta actitud puede generar en la vida de alguien. Gran parte de este problema no proviene solo de la inclinación natural de nuestro corazón hacia la soberbia, sino también de la sociedad en la que vivimos. Estamos rodeados de una cultura que promueve el orgullo disfrazado de autoestima, que nos impulsa a buscar atención y reconocimiento, y que, sin darnos cuenta, alimenta la inclinación de nuestro corazón hacia sí mismo en lugar de hacia Dios.

Pastor, ¿Donde comenzó todo este mal? Según Isaias, lo que llevó al diablo a convertirse en diablo fue el orgullo.  Leer Isaías 14.12-14. Las escalofriantes palabras del profeta explican de qué manera la soberbia torció el corazón de este ángel que permanecía tan cerca de Dios. ¿Cómo saber hasta qué grado somos orgullosos? Realicemos un test para comprobar si somos o no somos orgullosos.

  • ¿Te cuesta admitir cuando te equivocas, incluso si sabes que cometiste un error?

  • ¿Te resulta difícil pedir ayuda, porque prefieres hacerlo a tu manera?

  • ¿Necesita ser elogiado y aprobado?

  • ¿Siempre tienes la razón?

  • ¿Te es muy difícil pedir perdón, aunque sabes que es tu error?

  • ¿El yo siempre está presente en sus conversaciones?


Santiago en estos versículos es directo y nos señala cual es el causante de los conflictos en el matrimonio, dentro de la familia, en el trabajo, en nuestras relaciones, pero principalmente dentro de la iglesia. El peligro es que estamos tan acostumbrado al orgullo que pensamos: “bueno eso es algo en el que todos fallan, ¿Qué tan malo puede ser?”. El punto es que, si pensamos así nos arriesgamos a tener a Dios en nuestra contra. Pastor, “Eso se escuchó muy fuerte”, ¿Quién quiere tener a Dios de su enemigo? En el papel nadie lo quiere, pero si permitimos el orgullo en nuestra vida, eso sucederá. “Por eso la Escritura dice: «Dios está en contra de los orgullosos…”. Santiago 4.6 (NBV).


Revisemos juntos algunos ejemplos: Leer Isaías 14.15-17; Leer 1 Samuel 15.23; 2 Crónicas 26.16. y Dios a nosotros también nos advierte de no ser orgullosos, Leer Deuteronomio 8.11-19. Según estos versículos, la razón por la cual Dios resiste, rechaza y está en contra de una persona orgullosa, es que con esa actitud la persona está declarando abiertamente su total independencia y autonomía de Dios. En otras palabras, aunque no lo digamos en voz alta, nuestro corazón muchas veces le está diciendo a Dios: “No necesito a nadie, y mucho menos a Ti. Tengo mi prosperidad, mi casa, mi carro, mi trabajo, mis bienes y mis negocios. Siento que puedo con todo por mí mismo, y que no dependo de nadie, ni siquiera de Ti.


Cristo mismo nos advierte del peligro de pensar de esa manera cuando dio el ejemplo del rico necio.  Cristo contó a la multitud la parábola de un hombre cuya riqueza había crecido enormemente. Y al ver su prosperidad no consultó a Dios, no le agradeció a Dios, no busco el consejo de Dios, sino que en su orgullo comenzó a planificar dejando por fuera a Dios de sus planes. Leer Lucas 12.18-19.


Entendamos muy bien el mensaje de Jesús en esta historia, porque no hay nada malo en prosperar, en tener un buen capital, en poder tener un negocio bien establecido, no hay nada de malo en desear vivir bien; el error fue: que este hombre proyectó, planificó, estructuró, y fijo toda su vida en sí mismo, excluyendo a Dios de sus planes, de su vida.  “Y él pensaba dentro de sí, hablaba consigo mismo, reflexionaba en si mismo”. ¿Cuántas veces nosotros no hemos actuado con orgullo de esa manera delante de Dios? ¿Cuántas veces nosotros hacemos, planeamos, proyectamos, fijamos metas, tenemos sueños y no contamos con Dios para nada?


Pastor, ¿Qué debemos de hacer para eliminar el orgullo en nuestra vida?

1. Reconocer el diagnóstico que Dios hace de nuestro Corazón:

El orgullo humano se resiste a aceptar el diagnóstico de Dios. En vez de aceptarlo, nosotros tratamos de  justificarlo, rehusamos someternos al llamado de Dios a depender de Él. Pero la única manera de vencer el orgullo es admitir que es pecado y reconocer nuestra profunda necesidad de depender de Dios. Recordemos que cuando persistimos en la soberbia, la Escritura nos advierte que Dios nos resiste. Santiago utiliza un término tomado del lenguaje militar, dando a entender que Dios se coloca en oposición directa al orgulloso, como quien enfrenta a un adversario en el campo de batalla. Leer Prov. 6:16-17

Así que, con honestidad debemos permitir que sea la Palabra de Dios la que nos examine, evalúe y señale nuestro pecado. La Escritura no solo nos consuela, también nos confronta. Cuando aceptamos el diagnóstico divino sobre nuestro corazón, dejamos de justificarnos y abrimos espacio para el arrepentimiento genuino.


2. Pídale a Dios la capacidad para vencer el orgullo:

Una vez que lo has identificado el orgullo en tu corazón, no puedes detenerte en ese punto, sigue hasta el final y pídale a Dios fuerzas para dejar toda actitud orgullosa, toda respuesta orgullosa, toda acción orgullosa. Recuerda que vencer el orgullo no comienza con fuerza de voluntad, sino con rendición del corazón. El orgullo se alimenta de la autosuficiencia; la humildad, en cambio, nace cuando reconocemos nuestra necesidad constante de Dios. Vencer el orgullo implica vivir en dependencia diaria del Señor. Cuando oramos a Dios, es un acto de humildad y es una confesión silenciosa de que no podemos solos, necesitamos de Dios. Cada vez que oramos, estamos diciendo: “Señor, te necesito”. La humildad se cultiva cuando reconocemos que todo lo que somos y tenemos proviene de su gracia.

Además, Dios utiliza a otros para formar humildad en nosotros. Escuchar consejo, aceptar corrección y caminar en comunidad son disciplinas que el orgullo resiste, pero que Dios usa para transformarnos. Un corazón humilde no esta a la defensiva, sino abierto al aprendizaje.

3. Pon los pies bien firmes sobre la tierra:

El orgullo nos eleva por encima de la realidad, mientras que la humildad nos devuelve al lugar correcto delante de Dios y de los demás. Tener los pies sobre la tierra significa reconocer quiénes somos en verdad, sin exagerarnos ni minimizarnos, viéndonos a la luz de la gracia de Dios. Recuerda que todo lo que tenemos, lo tenemos solo por la gracia de Dios.  “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no ha sido en vano, pues he trabajado más que todos ellos, aunque no lo he hecho yo, sino la gracia de Dios que está conmigo”. 1 Corintios 15.10.


Cuando perdemos contacto con la realidad, comenzamos a atribuirnos méritos que no nos pertenecen. Olvidamos que nuestras capacidades, logros y recursos no son producto exclusivo de nuestro esfuerzo, sino dones que Dios nos ha confiado. El orgullo nos hace olvidar de dónde venimos y, peor aún, nos hace creer que no necesitamos de nada ni de nadie, y ni siquiera a Dios. Cuando tenemos los pies sobre la tierra aprendemos a caminar con otros sin sentirnos superiores. Podemos escuchar, aprender y servir sin buscar reconocimiento. El orgullo aísla; la humildad edifica comunidad.

4. La humildad trae una gran recompensa:

Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo”.  1 Pedro 5.6.  La recompensa de la humildad no siempre se manifiesta en reconocimiento humano, pero sí en gracia abundante, paz interior y una relación más profunda con Dios. Dios honra a quienes deciden esperar, depender y obedecer. Santiago nos advierte sobre el peligro del orgullo: “La soberbia nos coloca en oposición directa con Dios”. Pedro, en cambio, nos invita al camino seguro: “El camino de la humildad. Cuando nos humillamos, no quedamos desprotegidos; quedamos bajo el cuidado de Dios, de Su dirección y Su protección, esa es una gran recompensa.


Recuérdalo, El orgullo nos enfrenta a Dios; la humildad nos coloca bajo su cuidado.

 
 
 

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