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Remedio Para Una Iglesia Herida

  • pandevidamcallen
  • 17 ene
  • 6 Min. de lectura

Es doloroso y, a la vez, lamentable reconocer que incluso dentro de la iglesia —el lugar que Dios diseñó para reflejar Su unidad y amor— pueden surgir divisiones; que donde el Espíritu trae libertad, a veces se toleran conflictos; y que allí donde el amor de Cristo debe hacerse visible al mundo, en ocasiones permitimos que el resentimiento y aun el odio encuentren espacio en nuestros corazones. Santiago no escribe estas palabras a una iglesia perfecta, sino a una comunidad real, marcada por luchas internas: conflictos, egoísmo, ambición desmedida, desigualdad entre ricos y pobres, y un uso destructivo de la lengua manifestado en chismes, mentiras, críticas y palabras que en lugar de dar vida, traen muerte.

Esto nos puede resultar sorprendente, porque todo esto esta sucediendo en el lugar donde menos esperaríamos estas actitudes —la iglesia—. Por esta razón hemos titulado este estudio “El remedio para una iglesia herida”, porque la iglesia de Santiago estaba sufriendo, había sido lastimada y se encontraba peligrosamente cerca de la división. Sin embargo, el mensaje no se queda en la denuncia del problema ni en apuntar a los responsables. Santiago nos señala la solución y nos recuerda el camino de restauración que Dios ha provisto: “Someteos, pues, a Dios...”. Santiago 4:7. Este es el punto de partida para la sanidad de una iglesia herida.


1. Sumisión: “Someteos, pues, a Dios”.

El primer paso para sanar y restaurar las relaciones que han sido quebrantadas por el orgullo, los conflictos y el uso incorrecto de nuestras palabras, es una rendición sincera y consciente delante de Dios. No existe restauración verdadera sin sometimiento. Santiago, sin embargo, va aún más profundo y nos confronta con una verdad espiritual: cuando surgen los conflictos entre nosotros, cuando nos cuesta amar, aceptar o perdonar a nuestro hermano, no se trata solo de un problema relacional, sino de una señal de que estamos ignorando o resistiendo el llamado de Dios a someternos plenamente a Él.

Cuando escuchamos la palabra sumisión o hablamos del concepto de ser sumisos, con frecuencia nuestra reacción inicial es negativa. Esto ocurre porque, debido al pecado, el corazón humano tiende a resistirse y a rebelarse. A casi nadie le agrada la idea de estar bajo autoridad, y mucho menos la posibilidad de que exista algún tipo de control sobre su vida.

Sin embargo, esta resistencia no es nueva ni extraña; es parte de la lucha interna del ser humano entre su voluntad y la de Dios. No obstante, cuando observamos la sumisión desde una perspectiva bíblica —tal como Dios la diseñó— descubrimos que no fue dada para oprimir, sino para preservar el orden, la armonía y el bienestar.

La Palabra nos muestra este principio en distintas esferas de la vida: En el matrimonio (Efesios 5:21–22), en el hogar (Efesios 6:1), como ciudadanos bajo autoridades establecidas (Romanos 13:1), y también dentro de la iglesia, donde Dios ha provisto liderazgo para el cuidado espiritual de su pueblo (Hebreos 13:17). Por lo tanto, la sanidad de una iglesia herida no comienza con cambios estructurales, nuevos programas o llamados a la disciplina externa, sino con un regreso humilde al señorío de Dios.

Cuando una iglesia decide someterse a Dios, reconoce que ya no vive guiada por sus propios deseos, intereses o heridas no resueltas, sino por la voluntad de Aquel que nos llamó a ser un solo cuerpo en Cristo. La sumisión a Dios produce, en primer lugar, humildad. Al someternos a Él, dejamos de justificarnos y comenzamos a examinarnos a la luz de Su Palabra. La humildad abre la puerta al arrepentimiento sincero, y donde hay arrepentimiento, Dios comienza a traer restauración. Muchas de las heridas en la iglesia persisten porque cada parte defiende su posición, pero la sumisión nos enseña a rendir nuestros derechos para preservar la unidad. En segundo lugar, la sumisión a Dios restaura las relaciones.

Cuando el creyente se somete a la autoridad de Cristo, aprende a amar, perdonar y soportar como Él lo hizo.La obediencia a Dios nos lleva a tratar al hermano no como un adversario, sino como parte del mismo cuerpo. Así, las palabras hirientes son reemplazadas por palabras que edifican, y los conflictos dejan de ser campos de batalla para convertirse en oportunidades de crecimiento espiritual. La verdadera sumisión a Dios cierra el acceso al enemigo. Las divisiones y heridas se agravan cuando se da lugar al orgullo, al chisme y a la falta de perdón; y el adversario sabe aprovechar con astucia cada una de esas grietas. Sin embargo, una iglesia que vive sometida al Señor, permanece vigilante para no cederle terreno al enemigo, puesto que su intención es la división de la iglesia.

Finalmente, la sumisión a Dios restablece el propósito de Cristo para la iglesia. En lugar de enfocarse en conflictos internos, una iglesia sana vuelve a mirar hacia la misión: glorificar a Dios, edificar a los creyentes y alcanzar a los perdidos. Cuando Cristo vuelve a ocupar el centro, las heridas comienzan a sanar, no porque se ignoren, sino porque son tratadas bajo Su gracia y verdad. En resumen, la sumisión a Dios es el camino hacia la sanidad, porque nos coloca nuevamente bajo Su autoridad, nos libera del orgullo, restaura nuestras relaciones y guarda la unidad del cuerpo de Cristo. Y esa sumisión a Dios hará que cumplamos lo que nos dice Cristo: “En esto conocerán todos que son mis discípulos: si tienen amor los unos por los otros”. Juan 13:35


2. Resistir: “¡… y resistid al diablo y huirá de vosotros!”.

Santiago nos confronta con una verdad que no podemos pasar por alto: el diablo es real, está activo y opera en el mundo en el que vivimos. Y tal vez muchos ni siquiera se han percatado de su influencia constante en nuestro día a día. La clave para poder resistir al enemigo es cuando somos obedientes a la palabra de Dios. Pero cuando fracasamos en obedecer, cuando actuamos en dirección contraria a la Palabra de Dios, esa actitud de rebeldía abre espacios que el enemigo sabe aprovechar. La falta de sometimiento a Dios nos vuelve espiritualmente vulnerables, y es solo cuestión de tiempo para que enfrentemos luchas más profundas, no porque Dios nos haya abandonado, sino porque hemos decidido alejarnos de Su dirección.

A la luz del contexto que Santiago nos presenta, los conflictos en medio de la iglesia son la puerta de entrada para que el enemigo opere con toda la libertad.  ¿Cómo lo evitamos? El apóstol Pablo dice: “para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones.” 2 Corintios 2:11. Lo que estaba pasando en la iglesia de corinto era que un miembro de la iglesia había pecado. Siguiendo las indicaciones de Pablo, los líderes lo pusieron bajo disciplina.

La disciplina logró el efecto deseado y el hombre se arrepintió. Así que era el momento para perdonarlo, restaurarlo y darle de nuevo la bienvenida a la congregación. Sin embargo, algunos miembros se rehusaban a perdonarlo. Y es ahí cuando Pablo les dice: “PERDONENLO. “...para que no sea consumido de demasiada tristeza.” 2 Corintios 2.7.

La falta de perdón y de un genuino deseo de restauración se convierte en uno de los mayores obstáculos para la unidad de la iglesia. Cuando el perdón es retenido, las heridas se profundizan, los corazones se endurecen y la comunión se debilita. En lugar de sanar, las ofensas no resueltas levantan muros que separan a los hermanos y crean un ambiente donde el resentimiento sustituye al amor.

Sin embargo, la iglesia está llamada a reflejar el carácter de Cristo, quien nos perdonó primero y nos invita a extender ese mismo perdón a los demás. Solo cuando el perdón fluye y la restauración es buscada con humildad, la iglesia comenzara a sanar las heridas. El Diablo sabe muy bien que cuando no hay perdón es solo cuestión de días para dar lugar a la sed de venganza, al resentimiento, al odio, a la ira, a los pleitos, a los gritos, a palabras que lastiman, acciones que son totalmente tóxicas, e incompatibles a la gracia de Dios. En otras palabras, El perdón cierra la puerta de nuestra vida a Satanás. Pastor, ¿Cuál es el remedio para que Satanás no cause daño en nuestra iglesia?


1. Someternos a Dios restaura nuestro corazón.

La sanidad personal y colectiva comienza cuando rendimos nuestra voluntad a Dios y permitimos que Él gobierne nuestras actitudes, palabras y decisiones. Leer 1 Juan 4.21


2. Resistir al diablo protege la unidad

Al rechazar el orgullo, el chisme y la división, cerramos la puerta al enemigo y guardamos la comunión que Dios desea para Su iglesia.

Leer 1 Pedro 5.8-9


3. La obediencia produce victoria y Sanidad

Una iglesia que camina en obediencia experimenta la gracia de Dios, y hace que el enemigo huya. Y el resultado será: “La restauración de relaciones quebrantadas”. Leer 1 Juan 4.20


 
 
 

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