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No Hables Mal De Mi Parte II

  • pandevidamcallen
  • 17 feb
  • 7 Min. de lectura

Hay una verdad que no podemos ocultar, si usted respira y camina por este mundo tenga presente que estará expuesto a las críticas. El solo hecho de vivir y de relacionarnos, nos abre a la crítica. Sin embargo, la vida misma nos ha enseñado que hay una línea muy delgada que divide aquella critica que tiene como fin el construir y aquella que tiene como objetivo el destruir. Hay una crítica que tiene el propósito de sumar en la vida de las personas, pero también está la crítica que restar en la vida de las personas; una trae avance, progreso, mejora, corrige, optimiza; la otra produce retroceso, estanca, destruye y obstaculiza.

Es importante tener bien presente esto, porque todos estamos expuestos a la crítica. De hecho, si alguien debió vivir la vida libre y exento de las críticas y de los señalamientos ese fue nuestro Señor Jesucristo. Pero, aunque su vida estuvo libre de cualquier mancha, error, o falta ni siquiera él se pudo escapar de la crítica.  Los religiosos de su época le criticaban al decir que todo lo que hacía, sus milagros, sus enseñanzas, eran hechos todo en el poder de Satanás. “Pero los escribas que habían venido de Jerusalén decían que tenía a Beelzebu, y que por el príncipe de los demonios echaba fuera los demonios”.  Marcos 3.22.  

Pero una cosa es ser criticados y otra muy distinta es criticar.  Una cosa es ser juzgado y otra muy distinta es juzgar. Porque cuando usamos nuestra lengua para hablar mal de otra persona, este pequeño órgano en cuestión de un milisegundo se convierte en un arma mortal. “La muerte y la vida están en poder de la lengua”.Proverbios 18:21. Salomón no exagera al decirnos que en nuestro contacto cotidiano con las personas podemos generar vida o con tan solo un mal comentario podemos acabar con una vida. ¿Cuántas veces hubiéramos preferido quedarnos callados, que haber producido dolor en el corazón de una persona con nuestros comentarios?

Esa es la razón del porque Santiago es enérgico y comienza con una prohibición y le dice a su iglesia: “ya no más murmuraciones, ya no más chismes, ya no más intrigas, ya no más críticas”, Santiago les dice: “les está prohibido hablar mal entre ustedes”. Pero la invitación de Santiago no es a guardar silencio, Santiago no está prohibiendo: el exhortar (Gálatas 6:1); el corregir un pecado (Mateo 18:15), ni mucho menos la disciplina bíblica, ni el que confrontemos en amor algún error. Santiago busca que tengamos la capacidad de discernir y evaluar cada palabra que sale de nuestra boca. La semana pasada vimos la prohibición, y hoy veremos:


2. La Razón para no hablar mal del hermano:

El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez”. Santiago 4.11. El mensaje es muy claro: cuando hablamos mal del hermano, cuando se le critica, cuando se dice un chisme, una murmuración, un juicio al hermano, se está hablando mal de la ley. ¿Cuál ley pastor? La ley que nos llama a “amar a tu prójimo como a ti mismo”.

Hermanos esto es muy serio porque cuando yo hablo mal de mi hermano, juzgo a mi hermano, hablo con otras personas de mi hermano a sus espaldas, yo me estoy colocando por encima de la ley que Dios nos entregó. Porque si la ley de Dios me ordena amar a mi hermano, pero yo estoy dañándolo al hablar mal de él, yo estoy menospreciando la ley.  Ahora la ley me ordena amar no solo a mi hermano, sino a mi prójimo, y Cristo va un poco más y me dice: No solo a tu hermano, no solo a tu prójimo, sino incluso a tu enemigo:“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen”. Mateo 5.43-44

En el estudio anterior, les decía que cuando Santiago dice: “no hablen mal” en el original es una sola palabra. Que implica múltiples males del habla. Leamos como el Antiguo Testamento nos muestra las diferentes formas equivocadas de hablar: “y no engañaréis ni mentiréis el uno al otro. Y no juraréisfalsamente por mi nombre, profanando así el nombre de tu Dios. Yo Jehová. No maldecirás al sordo, y delante del ciego no pondrás tropiezo, sino que tendrás temor de tu Dios. Yo Jehová. No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande; con justicia juzgarás a tu prójimo. No andarás chismeando entre tu pueblo. No atentarás contra la vida de tu prójimo. Yo Jehová. No aborrecerás a tu hermano en tu corazón; razonarás con tu prójimo, para que no participes de su pecado. No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová”. Levítico 19.11-18.

Notaste las veces que se repite la frase: “Yo Jehová”.  Se repiten, para indicarnos que quien está legislando no era Moisés, ni Aaron, ni otro sacerdote, quien nos está entregando esta ley es Dios, el Señor y Juez del universo. Recuerden lo que Santiago ya nos había dicho: “Pues el que obedece todas las leyes de Dios menos una es tan culpable como el que las desobedece todas”. Santiago 2.10.

Esto es muy clave porque hay algunos cristianos, que parecen pensar que ante Dios basta con no haber pecado mucho, y dicen: “Nadie es perfecto”. Los que piensan y hablan así, no han comprendido la gravedad del pecado. Una sola ofensa nos descalifica delante de Dios. Preguntémosle a Adán y Eva que con tan solo un pecado fueron expulsados del paraíso. Preguntémosle a Moisés que por causa de su desobediencia no pudo entrar en la tierra prometida; Preguntémosle a David que su pecado trajo muerte y destrucción no solo para él, sino para toda su familia.

El peligro que Santiago desea que evitemos es creer que podemos estar por encima de la ley de Dios, y asumir una posición donde yo tengo el derecho de criticar y de hablar mal de mi hermano. En una ocasión Cristo fue invitado a comer en la casa de un fariseo, un hombre que pensaba que estaba por encima de la ley, que tenía el derecho de enjuiciar, señalar, censurar y criticar a los demás. “Jesús aceptó y se sentó a la mesa”. (Lucas 7.36-50).  Pero aparece en escena alguien que uno ni se imaginaría que entraría en la casa de un hombre tan respetable como lo era Simón un líder religioso. Según el relato, mientras los hombres estaban cómodos comiendo, una mujer de dudosa reputación sin ser invitada entra. Toma un frasco de perfume muy fino que traía, se acerca a Jesús, se arrodilla y comienza a llorar. Sus lágrimas caían sobre los pies de Jesús. Después le secó los pies con sus propios cabellos, se los besó y les puso el perfume que llevaba. Cuando el fariseo vio esto, dijo para sí: «Si este hombre fuera profeta, sabría qué tipo de mujer lo está tocando. ¡Es una pecadora!»”.

Hermanos, esta es la parte más dañina de la crítica negativa, porque nadie se preocupó de que la mujer necesitaba el perdón y reconciliarse con Dios. Nadie sintió misericordia por el estilo de vida que vivía esa mujer, y que ahora estaba en busca de un cambio, de regenerarse, de tomar otro camino.  Pero el fariseo prefirió criticar y señalar. Él dijo: “Vamos a hablar de su pecado, vamos a echarle sal a la herida y con toda la mala intención descubriremos no solo que esta mujer es una pecadora, sino que Jesús, el autoproclamado Mesías no llega ni a profeta”.

Sin embargo, en aquella reunión, si había alguien que podía señalar y levantar un juicio sobre esta mujer ese era Jesús, no obstante Jesús no la criticó, Jesús no le reclamó por su vida de pecado, no la condenó, ni siquiera le reprendió por tocarle los pies. “Y Jesús le dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado; ve en paz»”. Pastor, ¿Qué debemos de hacer para abandonar esa critica que destruye y causa división?


1. No olvidar que la crítica destruye más de lo que puedes imaginar:

La crítica destructiva puede tener un impacto profundo en la salud mental, emocional, y espiritual de las personas. Al destacar las deficiencias y errores de manera hiriente, se puede minar la confianza, la autoestima, el valor, la capacidad de quien la recibe. Leer Romanos 14.13.


2. Aprender a ver al hermano como Dios lo ve:

Ese hermano que te incomoda, que se equivocó o que cayó… es alguien por quien Cristo consideró que valía la pena derramar su sangre. Pero, cuando olvidamos eso, la crítica aparece con facilidad, porque comenzamos a relacionarnos con las personas según su conducta y no según la gracia. En otras palabras, el problema de la crítica no empieza en la boca… empieza en la mirada.

Cuando dejo de ver a mi hermano como Dios los ve, dejo de ver a la persona por quien Cristo entregó su vida, dejo de ver a un hijo redimido por Jesús y comienzo a ver sus fallas, sus errores, sus fracasos. Leer Romanos 15:7.

Tal vez la razón por la que somos duros con otros es porque hemos olvidado quiénes éramos antes de que Cristo tuviera misericordia de nosotros. El día que vuelvas a verte como un pecador sostenido por gracia, ese mismo día empezarás a tratar a tu hermano no como un caso que analizar, sino como un alma que Dios todavía está restaurando.

 
 
 

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