Quien te crees para juzgarme
- pandevidamcallen
- 21 feb
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Estoy convencido de que, si usted respira y se mueve, se convierte en un blanco fácil para ser juzgado. Pero una cosa es ser juzgado y otra muy distinta es tomar la posición de juez. En nuestra vida cotidiana, es fácil caer en la tentación de juzgar a los demás. A veces lo hacemos sin darnos cuenta, otras veces con intención juzgamos y producimos dolor en el corazón de las personas. Juzgamos a las personas por su apariencia física, juzgamos a las personas por su manera de vestir, de hablar, por el lugar donde vive, en donde trabaja. Pastor y ¿Qué tiene eso de malo? Lo malo al juzgar es que ese juicio jamás definirá a la persona, sino que te define a ti.
Y esto es lo que precisamente Santiago nos dice: “Hermanos, no hablen mal unos de otros”. Porque este pequeño órgano llamado lengua, tiene todo el potencial para destruir y causar mucho dolor. Por lo tanto, Santiago antes de darnos las razones del por qué no debemos de hablar mal de las personas, nos anima a cultivar la humildad. “Humíllense delante del Señor”. (v.10). Este llamado es fundamental, porque la persona humilde reconoce el poder destructivo de las palabras y por ello cuida cómo expresa sus sentimientos, frustraciones, opiniones y comentarios. El creyente que cultiva la humildad evita la censura, la condenación y la crítica que hiere; en su lugar, procura un lenguaje reflexivo y edificante que ayude al otro a crecer y avanzar. En los estudios previos vimos (1) la razón de la prohibición y (2) el llamado a abstenernos de hacerlo; ahora entraremos a nuestro tercer y último punto:
3. Recordando quien es el verdadero Juez:
“Uno solo es el Legislador y Juez...” (v.12) La enseñanza es clara: juzgar al hermano es tomar un papel que pertenece solo a Dios. Dejé este versículo para el final porque muchos lo usan como excusa para evitar ser corregidos. Y dicen: ¿Quién eres tú para juzgarme? Incluso citan a Jesús: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido”. Mateo 7.1-2. Pero ¿Realmente tanto Cristo como el apóstol Santiago están prohibiendo cualquier tipo de juicio o señalamiento?
En esta sociedad en la que vivimos son muchos los que dicen que no está permitido hacer un juicio de valores, que no está bien que determinemos lo que es verdad del error, entre lo bueno y lo malo. Es más, hay dos palabras que están de moda: La tolerancia y la inclusión. Y nos dicen que debemos ser tolerantes e inclusivos con prácticas que son pecaminosas, y tolerantes e inclusivos con las preferencias sexuales e ideologías inmorales. Y lo más terrible con este tipo de ideas es, que poco a poco se ha introducido en las iglesias. La pregunta es: ¿Tanto Cristo como Santiago están prohibiendo todo tipo de juicio y evaluación? Vamos a responder a esta pregunta:
A. Esta no es una prohibición para no evaluar el carácter:
Algunos toman este texto y dicen: “nadie tiene derecho a juzgarme. Nadie tiene el derecho a cuestionarme, ni mucho menos a criticar mi estilo de vida”. Si observamos el pasaje completo en su contexto Mateo 7, vemos que Jesús habla de examinar y juzgar conductas, prácticas y enseñanzas. Luego añade: “Cuídense de los falsos profetas, que vienen a ustedes con apariencia de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. Por sus frutos los reconocerán”. Mateo 7.15.
¿Cómo puedo yo guardarme de los falsos profetas, de un falso ministro, de un falso pastor, si no puedo juzgar el carácter de estos hombres? ¿Cómo podremos conocer los frutos si no son evaluados y juzgados a la luz de la Palabra? Entonces, tanto Cristo como Santiago no están diciendo que los padres no deben evaluar las acciones de sus hijos y, cuando sea necesario, corregirlos. O Evaluar el carácter de un esposo o esposa, o el carácter de un jefe en el trabajo o un compañero de trabajo.
B. Esta no es una prohibición a evaluar las enseñanzas de otros hombres:
En todo el Sermón del Monte, Cristo ha instado a las personas a evaluar las enseñanzas de los escribas y fariseos. Durante todo el ministerio de Jesús, Cristo condenó las malas enseñanzas de los religiosos. “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces”. Mateo 7.15.
Sería una contradicción de parte del Señor ni nos estuviera prohibiendo evaluar las enseñanzas, cuando él mismo condenó la interpretación errada que los escribas y fariseos daban del Antiguo Testamento.
C. Esta no es una prohibición para no aplicar la disciplina dentro de la iglesia:
“Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano”. Mateo 18.15. La Biblia nos enseña que debemos de observar y evaluar el comportamiento de las personas, para que podamos responder y ministrarles de forma adecuada, lo cual puede involucrar inclusive una corrección amorosa. Pero, ¿Cuál es el objetivo principal para aplicar la disciplina dentro de la iglesia? Restaurar al hermano. “Hermanos, si descubren que alguno ha pecado, ustedes, que son espirituales, deben ayudarlo a volver al buen camino con actitud humilde. Pero cada uno debe cuidarse, porque también puede ser puesto a prueba”. Gálatas 6.1. (NBV).
El peligro que tenemos que evitar es que nos convirtamos en jueces, el que asumamos una actitud de juicio, de señalamientos, de condenación y hasta cierto grado de terminar abandonando al hermano. Entonces, cuando Jesús nos dice: “no juzguéis para que no seáis juzgados”. Y cuando Santiago dice: “¿quién eres para que juzgues a otro?” Tanto Cristo como Santiago están condenando esa actitud de censura, de juicio áspero, ese juicio sin misericordia y sin amor. Pastor, ¿Qué tengo que hacer para no caer en este error de juzgar a mi hermano?
1. No olvidar la advertencia que nos da Dios
Yo creo que si hay algo que nos ayudaría a frenar el que juzguemos al hermano es precisamente lo que Cristo nos advierte. “porque de la manera como juzguen a otros, así Dios los juzgará a ustedes...”. Mateo 7.2.(NBV) La norma de juicio que se nos aplicará en el día final, es la que nosotros mismos hayamos utilizado hacia los demás. Si hemos actuado con compasión, seremos juzgados de la misma manera, si hemos tenido gracia con las personas se nos concederá gracia. La enseñanza de Jesús no busca sembrar temor, sino despertar la conciencia en el corazón.
Cuando Él dice que “con la medida con que medís, os será medido”, nos está recordando que la manera en que tratamos a los demás revela cómo entendemos la gracia de Dios. Pero si hemos enjuiciado a los demás con espíritu condenatorio, ¿Cómo podemos esperar que Dios nos trate de manera distinta? Leer Romanos 14:10–12.
Quien ha comprendido cuánto ha sido perdonado, aprende a tratar con paciencia al que falla. Por eso también dice la Escritura: “Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia...” Santiago 2:13. El creyente que mantiene viva la memoria de la gracia que ha recibido, no se precipita a condenar ni se complace en exponer las faltas ajenas; por el contrario, busca restaurar, corrige con mansedumbre y actúa siempre movido por el amor. En el día final Dios no aplicará un estándar arbitrario. Si fuimos duros, implacables y orgullosos, demostramos que nunca entendimos realmente el perdón; pero si fuimos compasivos, pacientes y dispuestos a perdonar, mostramos que la gracia de Dios había echado raíces en nuestra vida.
No es que nuestra misericordia compre la de Dios, sino que nuestra misericordia demuestra que ya la habíamos recibido. Por eso esta enseñanza es profundamente pastoral. Cada vez que corregimos a alguien, respondemos a una ofensa o evaluamos una falta, estamos revelando cómo vemos a Dios: Lo vemos como un juez severo que solo castiga, o como un Padre que restaura al pecador arrepentido.
Vivir conscientes de esto cambia nuestro trato con los demás. Nos vuelve más lentos para condenar, más prontos para escuchar y más dispuestos a perdonar, recordando que un día también nosotros estaremos delante del Señor, dependiendo únicamente de su misericordia.
2. Recuerda que el Señor no nos puso como jueces, sino como hermanos.
Leer Mateo 7.3-5. A menudo somos muy hábiles para notar los errores ajenos, pero poco atentos a nuestras propias faltas. El Señor nos invita antes que nada, a examinarnos sinceramente delante de Él, a reconocer nuestro propio pecado y permitir que transforme nuestro corazón. Solo así estaremos en condiciones de ayudar al hermano de manera correcta. De lo contrario, al señalar una falta nuestras palabras no construirán, sino que delatarán orgullo; y si la corrección no va acompañada de gracia y amor, en lugar de restaurar al hermano, lo perderemos.



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